Sábado 18 DE Noviembre DE 2017
Opinión

Los nuevos sujetos del cambio

La Cantina, “interlocutor legítimo e inédito”.

 

— Édgar Gutiérrez
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El cambio real de Guatemala lo marca la ciudadanía. Hace dos años La Plaza amplió insospechadamente la frontera de la participación cívica en democracia. Hace poco más de un año surgió Socios por el Desarrollo, empresarios y académicos, proponiendo nuevos modelos de desarrollo. Hace seis meses asistíamos a un magno evento de SociaLab, jóvenes emprendedores de visión holística, estimulando la creatividad y el talento. Hace dos meses, la AEU, liberada, recuperó su esencia de actor convocante, movilizador y de cambio que fue durante el siglo XX. Y hace un mes, emergió La Cantina, empresarios y académicos, más jóvenes y, quizá por eso, disruptivos.

Guatemala está en movimiento, en un sendero de transformación. En varios departamentos de la República se han constituido mesas ciudadanas, plurales, convocadas para hacer lecturas del proceso que atraviesa el país, integrándose y, a la vez, construyendo su propia imagen de desarrollo de región y de país. Conozco varias de estas mesas de concertación, por ejemplo, San Marcos, Suchitepéquez, Alta Verapaz, Quetzaltenango y Sololá.

Por supuesto que el curso no está garantizado. Hay amenazas y riesgos. Los aún poderosos y virulentos dinosaurios siguen viendo a cualquiera que piensa distinto como comunista, chavista o algo por el estilo. A pesar de que sus campañas se caen por la inevitable ley de la gravedad que impone la realidad, detrás de ellos está el poder real tradicional, que incluye desde radicales hasta gatopardistas, quienes emplearán los recursos necesarios y artes indecibles para impedir la transformación y la modernidad en las relaciones socioeconómicas y políticas.

La Cantina merece ahora una palabra aparte. A simple vista, el nombre sugiere bohemia, pero nada más alejado de la verdad. Es la metáfora que sus integrantes hicieron suya de una historia de desarrollo local, frecuente en el mundo de la cooperación. Llega al pueblo, aislado y pobre, el experto extranjero con la solución a todos los problemas en una fórmula, tan técnica como ajena, bajo el brazo. Los pobladores le advierten que lo único que quieren es una cantina. Ofendido y reafirmando sus prejuicios de que los pobres son pobres por borrachos y ociosos, el consultor se retira. Años después regresa y el pueblo está transformado; la economía vibrante, los niños sanos, las casas lindas y las calles limpias. ¿Qué pasó? Los pobladores hicieron su cantina, no para emborracharse ni olvidar los problemas, sino como espacio neutral de encuentro, donde reflexionaron y encontraron sus propias soluciones.

La Cantina no es la organización típica para la defensa de intereses sectoriales ni demandante para sí mismos. Son hombres y mujeres que han recibido una buena educación y, además, por sus esferas de relación y posición social, encajan en lo que denominamos elites. Son elites preocupadas y cada vez más ocupadas en contribuir a la edificación de un país distinto. De oportunidades e inclusión. Moderno y participativo. Abierto a la diversidad cultural e identidades. Donde impere la ley universal (se aplica igual para todos) y solidaria (sensible a la población vulnerable). Y donde la corrupción, de cuellos blanco, gris o negro, esté arrinconada. Si tales elites contagian ese espíritu de construcción del futuro de Guatemala, el cambio que empujan el MP y la CICIG puede ser sostenible. Nadie dijo fácil, pero sí promisorio. Esta es la mejor noticia en muchos, muchos años. En Washington lo saben (y lo sabrán en otras capitales del mundo), donde La Cantina, ese nombre disruptivo y que de entrada rompe el hielo, es el nuevo interlocutor legítimo e inédito.