Sábado 18 DE Noviembre DE 2017
Opinión

En busca de la salida del laberinto perfecto…

— Jose Rubén Zamora
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Para mi fortuna, desde el 2008 se intensificaron mis viajes. Recibí invitaciones para dar charlas, discursos y, poco después, clases sobre periodismo y finanzas de medios de comunicación.

Esos compromisos me llevaron a sitios remotos e insospechados, cargados de historia, brutales contrastes, culturas sofisticadas y belleza singular. Estambul, Dublín, Bratislava, Praga, Viena, Budapest, Oslo y Fredrikstad, Hyderabad, Bangkok y Yakarta. En esta ciudad, la más poblada de Indonesia y posiblemente del mundo, contratado por el Media Development Loan Fund, durante veinte días frenéticos y muy intensos, impartí clases a 60 periodistas musulmanes especializados en investigación.

En 2015 fui invitado, junto al expresidente Felipe Calderón de México, a presentar un discurso en Babson College, en Boston.

Esas oportunidades me permitieron, después de cumplir con mis responsabilidades, explorar Bali, Singapur, Hong Kong, Tokio, Kioto, Nara, las islas de Phuket y Phi Phi, Camboya, Jaipur, Agra, Nueva Delhi, Shanghái, Beijing, Hanói y Saigón, Myanmar y los fiordos de Noruega. En la ex-Birmania fui invitado a un encuentro de periodistas y luchadores civiles, en apoyo de la libertad de expresión en Myanmar y de la distinguida y admirable Premio Nobel Aung San Suu Kyi.

Los periplos fueron propicios, además, para conocer a fondo culturas, paisajes, seres humanos, atmósferas, lugares maravillosos e incomparables y comida francamente suculenta. Acompañado de mi esposa Minayú, tales compromisos me mantenían muy lejos del país unos 45 días en promedio cada año. Al tocar tierra en el Nuevo Mundo, ella se quedaba en Estados Unidos al cuidado de mis hijos, mientras yo tomaba vuelo a mi hostil y peligrosa realidad en Guatebonita.

A principios de 2016 el Mago Chevez, hecho un demonio de Tasmania, porque de la nada saqué a la luz su genial trabajo de lavado, contrató un sicario de la banda de Los Pelones de Escuintla para asesinarme, y lo supe de inmediato. Publiqué la foto del sicario, su historia y sus objetivos: huyó en estampida de Guatemala.

En febrero de 2016 recibí una invitación de UNESCO para abrir un debate sobre los desafíos de la libertad de expresión en el mundo. Aunque viajé en miseryclass, como suelo hacerlo, desde el avión, pasando por Miami, hasta París, fui tratado extrañamente como una celebridad. Este viaje me hizo recordar cuando, a mis 30 años, en nombre del Committee to Protect Journalists fui homenajeado en Nueva York por Jane Fonda y Ted Turner y 3 mil comensales que pagaron US$10 mil el plato en el Waldorf Astoria, para escuchar mi discurso y ser testigo sorprendido de una documental que presentaron acerca de mi vida, particularmente sobre mi papel en el episodio del Serranazo.

También me retrotraje a dos meses antes, en la célebre, majestuosa y monumental Universidad de Columbia, uno de los epicentros del conocimiento y educación de vanguardia mundial, por cierto con la facultad de periodismo más connotada del mundo, en su embodegada y deslumbrante biblioteca, de arquitectura neoclásica, en medio de la genial ejecución magistral de la filarmónica universitaria, de piezas de los grandes maestros de la historia de la música y la presencia de los miembros más influyentes de la sociedad neoyorquina, me fue concedido el María Moors Cabot Prize, el premio periodístico más importante del hemisferio. Y, ocho años después, en el 2000, fui sorprendido con el nombramiento como uno de los 50 héroes del mundo de la libertad de prensa del Siglo XX; solo 32 de los 50 periodistas seguíamos vivos. El acto tuvo lugar en Boston y fue celebrado durante ocho días memorables, donde dieron discursos Al Gore, George Bush, varios Primeros Ministros de Europa, e íconos de las élites académicas y de la prensa mundial; Harvard y MIT nos dedicaron jornadas académicas, sociales y culturales incomparables. Katharine Graham, la dueña de The Washington Post, quien jugó el papel clave en la caída de Richard Nixon, fue quien dio gracias en nuestro nombre.

De París, luego de un recorrido por Málaga y Córdova, regresé dos meses a Guatemala y con euforia nos preparamos toda la familia para viajar y acompañar a Ramón Ignacio, el menor de mis tres hijos, a su graduación del programa de maestría en Georgetown, en DC. Pasamos tres días inolvidables, felices. El último día recibí una llamada de la señora Fiscal General, Thelma Aldana, preguntando si me encontraba en Guatemala. Le respondí que no, pero que iba en camino. Me pidió, con cortesía, que nos encontráramos en Miami para conversar. Una semana después nos reunimos en Miami y la encontré muy preocupada.

Me contó que querían asesinarla y a mí también. Que el Fantasma, el conocido narcomilitar, hoy extraditado a EE.UU., no había querido realizar el trabajo y que entonces tres sicarios del Cartel del Golfo basados en Honduras habían llegado contratados a Guatemala para ejecutar el trabajo. Que en su caso reforzarían su seguridad, cosa que, todos sabemos, no elimina los riesgos, pero que yo no me cuidaba y el riesgo era altísimo. Me sugirió permanecer en los Estados Unidos hasta que el cuadro de inseguridad mejorara. Por primera vez hice caso.

Francamente no estaba preparado para la emergencia (había viajado con un jeans y un tacuche), pero me quedé. Cada cuatro semanas les preguntaba a estimados amigos de la CICIG si era posible regresar y me decían que no, que sería un suicidio. Hasta que llegó noviembre y regresé, pues era indispensable.

Debo decir que muchos de mis grandes amigos me visitaron deliberada o accidentalmente con cierta frecuencia: Luis Enrique González, Carlos Enrique Mata, Álvaro Castillo, Luis Miguel Castillo, Carlos Meany, Julio Godoy, Moki Ascoli, Estuardo –Tallo– Castillo, Alfredo Mirón, Manfredo Marroquín, Edgar Gutiérrez, Roberto González Díaz-Durán, Miguel Gutiérrez, Roberto Arzú, José Moreno Botrán, mi gran amigo de la infancia Rolando Balleza, y, en mis dos últimos cumpleaños, el mero 19 de agosto, Luis Fernando –el Negrito– Montenegro, Mario Palmieri y, proveniente de El Salvador, mi querido amigo y colega José Alfredo Dutriz.

Aproveché esos largos meses para releer a Camus, Malraux, Kundera, Octavio Paz, Cortázar, Paco Pérez de Antón, Homero, Poe, Faulkner, Hemingway, Manuel José Arce, Eduardo Halfon, cuyo libro Pan y Cruz es una joya confeccionada con delicadeza y releí lentamente dos veces y regalé a más de 70 estimados amigos, y, con un interés inusitado, el Cálculo de Leithold. También hice tiempo para ver una que otra novela en la tele, como lo hacía de patojo con mi abuelita y mi mamá. Y trabajaba desde lejos (por cierto, la mejor edición de elPeladero nació en Bagan, Myanmar, posiblemente porque es un extenso desierto con miles de mausoleos piramidales, gigantes e imponentes, con túneles, callejones y delicadas series de frescos sobre episodios sucesivos de la vida de Buda, en el que reina el silencio; el sitio está doce horas atrás de Guatemala y fue posible confeccionar las notas con lentitud y cuidado). Frente a la disponibilidad de tiempo, me dediqué a correr aún más: de 7 kilómetros diarios pasé, con torpeza, a 10; regresé a mi tiempo promedio de 4 minutos y 30 segundos por kilómetro.

La factura de tal osadía la pagué con creces este año. A finales de marzo, un fragmento equivalente al 70 por ciento de uno de los discos de mi columna salió expulsado sin aviso. Pasé meses con dolores severos e intolerables, fundamentalmente debido a que, de escondidas y por diferentes razones, no quise tomar los medicamentos que los excelentes médicos que me vieron –Enrique Azmitia en Guatemala y Frank Camissa en Nueva York– me habían recetado.

Me quité los dolores a puro ejercicio, y aunque me dicen que sería inconveniente exponerse y volver a correr, estoy caminando todos los días doce kilómetros en una hora con 40 minutos, y dos kilómetros en el agua. Me siento muy bien y  sorprendentemente le he encontrado el gusto.

En estos días finalmente regresaré a Guatemala, esta vez por doce meses más, con una invitación en medio a Lisboa, y, finalmente, si Dios lo permite y salgo con vida, en febrero de 2019 iniciaré un viaje sin retorno a Guatebonita. Me quedaré a vivir junto a mis hijos en el extranjero, donde después del forzado exilio en 2003, debido al pillo de Alfonso Portillo, ellos han encontrado oportunidades académicas y profesionales inmejorables y, en su programa de vida, el regreso a Guatemala está descartado.

Después de 27 años de lucha incansable, esta vez espero poder escapar del laberinto perfecto, es decir, sin salida, en que para mí se ha transformado Guatemala y no regresar, ni después de muerto, a desgastes y peleas estúpidas entre mentes minimalistas y rústicas caracterizadas por gangrena moral. Me duele demasiado seguir siendo testigo inútil del profundo precipicio por el que Guatemala cae al vacío sin remedio alguno.

A mis queridos paisanos que se siguen resistiendo a aceptar el colapso del país y persisten poniendo el pecho, fundamentalmente a los jóvenes que empiezan a sacar la cabeza con valor y coraje, les hago un llamado a no doblegarse ni ceder y a llevar, entre todos, la estafeta hasta puerto seguro. Yo, lobo solitario fatigado, no veo salida, pero estoy seguro que ojos frescos, mentes brillantes y voluntades inquebrantables la encontrarán.