Sábado 15 DE Diciembre DE 2018
Opinión

El canto de sirena de los presidentes

Si son listos o tienen sentido común, se libran.

 

— Édgar Gutiérrez
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No hay modo de que los servicios de inteligencia del Estado evolucionen institucionalmente. Sin régimen de carrera no pueden profesionalizarse, y sin mecanismos de control eficiente (político, administrativo y ciudadano) la discrecionalidad de sus operaciones fácilmente se desborda hacia lo ilegítimo e ilegal. El Estado democrático se dotó normativamente de un sistema de inteligencia con campos delimitados: seguridad interior y exterior, y estratégica (Ley Marco del Sistema Nacional de Seguridad, Dto. 18-2008).

La inteligencia de seguridad interior (dependencia del Ministerio de Gobernación) y la de seguridad externa (del Ministerio de la Defensa Nacional) tienen la misión central de identificar las amenazas criminales, mientras que la inteligencia estratégica (auxiliar de la Presidencia de la República) integra todos los campos y genera escenarios para la mejor toma de decisiones de las autoridades políticas.

En la práctica las líneas de mando están distorsionadas. Los nombramientos de los directores de la inteligencia civil y de la militar resultan plenas interferencias de los poderes fácticos que pululan en el entorno del Presidente de la República. Y ya sabemos, después de casi dos años en el poder, que la visión de Estado de tales personajes quedó anclada en la década de 1980, durante el periodo más atroz de la guerra civil.

Si los mandos de las agencias de inteligencia están politizados, las agendas de inteligencia, en consecuencia, están extraviadas de los intereses nacionales. Unas podrán servir, incluso, para fines criminales y corruptos, y otras para la vigilancia política, esa desviación inveterada de la inteligencia para justificarse ante sus jefes. Fácil, sobre todo, cuando la autoridad política no tiene criterio de poder ni educación para el manejo del Estado –como es ahora nuestro caso. Entonces la autoridad es impresionable ante los chismes de los orejas, que no en otra cosa resulta la desnaturalización de la inteligencia.

Un presidente en soledad se siente cobijado si sus directores de inteligencia le entregan los supuestos secretos inconfesables de sus críticos y opositores. Aunque falsa, le insufla confianza al gobernante y le da un aliento de seguridad o ventaja a la hora de tomar decisiones, al ponerse frente a un micrófono o en las reuniones ante extraños. Pero aun cuando el ejercicio de poder es prolongado –digamos tres décadas– los grupos de inteligencia sin espíritu de Estado convierten en inválido al líder político. Este se acostumbra a ver y a juzgar a través de aquellos ojos y, por muy autoritario que sea, termina co-dependiente.

Si Arzú cayó y sigue atrapado en esa telaraña, Jimmy Morales no está lejos de comprometer definitivamente su mandato por la misma causa. Sus orejas andan intimidando en las calles a quienes hacen libre ejercicio de la crítica a su régimen. Vigilan a periodistas, líderes civiles, fiscales y hasta diplomáticos. Solo los presidentes inteligentes o con sentido común logran liberarse de esos embelesos. El otro día Morales tuvo un destello, cuando le preguntó a su encargado de inteligencia: “¿Para qué me sirve a mí saber en detalles a dónde va o con quién se reúne Édgar Gutiérrez?”. Pero fue eso nomás, un destello que se apagó inmediatamente y siguió feliz oyendo los cantos de sirena.

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