Viernes 16 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Globalismo y nacionalismo

Los vencedores de esa guerra fueron los dos imperios “wannabes”: Estados Unidos y la Unión Soviética.

— Roberto Blum
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Nuestra época está sentada sobre dos doctrinas –globalismo y nacionalismo–, sin que esté aún claro cuál de ellas terminará siendo finalmente vencedora. El globalismo tiene una larga, larguísima historia, que se remonta a los grandes y eternos imperios universales –China o Roma– y en la actualidad a sus intentadas copias, los desfallecientes Estados Unidos y la fallecida Unión Soviética. En cambio, el nacionalismo es una doctrina relativamente nueva. Su historia no va más allá de la Revolución Francesa de 1789.

En una primera etapa, de 1789 a 1871, aparecen los primeros Estados-nación en Europa y en la América española. En Europa, la revolución industrial empoderó a nuevas clases, que lucharon contra los antiguos regímenes. En esa lucha se requería unificar a la mayoría de la población y para ello construyeron un nuevo mito, el mito de la nación. En la América española, los llamados “criollos” aprovecharon la invasión de Napoleón a España, en 1808, y el consiguiente colapso de la monarquía, para declarar su independencia y establecer Estados, personas jurídicas soberanas, con mando sobre determinados territorios y poblaciones. A partir del siglo XIX, estos Estados hispanoamericanos han tratado de convertir, con más o menos éxito, a sus poblaciones en verdaderas naciones.

En una segunda etapa, de 1871 a 1914, los Estados-nación europeos, ya consolidados internamente, se lanzaron a conquistar el mundo. Inglaterra colonizó buena parte de África y de Asia. Lo mismo hizo el Estado-nacional francés. Alemania, Bélgica, Holanda e Italia se repartieron los territorios y los pueblos restantes. Sin embargo, de 1914 a 1945, Europa se vio inmersa en una larga y sangrienta guerra civil, que la debilitó y casi la destruyó. Los vencedores de esa guerra fueron los dos imperios “wannabes”: Estados Unidos y la Unión Soviética.

Durante la segunda mitad del siglo pasado, el número de Estados-nación en el mundo aumentó desde unos 50 entonces hasta casi 200 en la actualidad, y el proceso de construcción no ha concluido todavía. En Europa, Asia, África y América existen numerosos grupos humanos que ya constituyen verdaderas naciones o que están avanzando en ese proceso y reclaman su derecho a tener su propio Estado soberano.

Así, el nacionalismo, que fue una doctrina que se inventó para unificar a poblaciones diversas en la lucha contra los antiguos regímenes, se ha convertido ahora en la némesis de quienes detentan el poder en los Estados-nación ya consolidados. Los gobernantes y los beneficiarios de las grandes “naciones” intentan impedir a toda costa la independencia de las pequeñas. Tal es el caso actual en España, Francia, Gran Bretaña, Alemania y Bélgica. En los Estados de la América española, los múltiples grupos indígenas existentes están tomando conciencia de sus identidades particulares, y de sus derechos a la autodeterminación y a la soberanía política.

Por otra parte, la doctrina globalista, cuyos fundamentos en Occidente se enraízan en el “oikoumene” mediterráneo, la concepción estoica de la “ley natural” que rige a todos los hombres, el imperio eterno y universal de Roma y la concepción teológico-política medieval de la República Cristiana, fue de nuevo políticamente definida y establecida en la realidad en Norteamérica entre 1776 y 1787, y ciento treinta años después en los extensos territorios euroasiáticos bajo el poder de la “tercera Roma”, Rusia con sus capitales de Petrogrado y Moscú, en 1917.

Quizá, si tenemos suerte y sabemos construir nuevas instituciones adecuadas al presente, el siglo será un periodo en el que múltiples Estados-nación convivan pacíficamente dentro de un nuevo y eterno imperio universal. Un siglo en el que cada pueblo y cada nación se autogobiernen bajo la ley.

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