Jueves 19 DE Septiembre DE 2019
Opinión

La tiranía de la estupidez

Estas personas suelen ser incapaces de llevar a acciones inteligentes que vayan más allá de la trampa, del negocio sucio.

Fecha de publicación: 02-11-17
Por: Jorge Mario Rodríguez

La tiranía de la estupidez está socavando las capacidades de las sociedades contemporáneas y, como tal, debe ser extirpada o atenuada en todos los ámbitos en que asoma su terrible cabeza. No es la idiotez general que san Agustín daba por sentada: la estupidez que nos preocupa es funcional al sistema. Es la que se crea cuando se ahoga la potencialidad crítica del pensamiento, creando masas de seres manipulables, que ni siquiera son conscientes de su degradante situación.

La estupidez funcional es ubicua y sus feas garras afectan la vida de cualquiera. Desde luego, todos caemos en episodios de estupidez. Sin embargo, la estupidez que debe preocuparnos es la que destruye, de manera casi permanente, dos rasgos de la acción social inteligente: la capacidad de anticipación y la posibilidad de resolver problemas presentes. Estos atributos fundamentales han sido carcomidos por una educación inmediatista, que crea “competencias” particulares mientras olvida las sólidas ventajas de la formación integral.

La tiranía de la estupidez es multicausal y tiene diferentes aristas. La aceleración del tiempo, el imperativo de reducir costos, la desconsideración hacia el otro y el desprecio de uno mismo que se encuentra detrás de las acciones temerarias, son solo algunas de las causas detrás de la estupidez. Este fenómeno afecta no solo a los gobiernos, sino que también es una patología de compañías enormes, en donde operaciones complejas se encuentran en manos de personas con nula capacidad de anticipación.

Es notorio cómo aerolíneas, supermercados, bancos y otras empresas están dirigidas por personas que parecen no reparar en las obvias demandas de seres humanos que tienden a ser vistos como consumidores sin capacidades críticas. Nunca deja de interpelarnos la queja de muchos jóvenes inteligentes, necesitados de un empleo, que se lamentan de que no son considerados como candidatos a puestos de trabajo, puesto que se les ha impuesto el sambenito de “sobrecalificados”.

Una de las manifestaciones más peligrosas de este fenómeno es la conjunción de estupidez y poder. Las gentes más ineptas suelen trepar a posiciones decisivas con base en las acciones más vergonzosas. Dado que la estupidez no es consciente de sí misma, el afectado de este mal ansía mostrar su autoridad con personas menos aptas y, por esa razón, no es raro encontrar la peor gente alrededor de los poderosos. Estas personas suelen ser incapaces de llevar a acciones inteligentes que vayan más allá de la trampa, del negocio sucio.

La estupidez generalizada de la que hablamos se hace evidente en las microestructuras de la vida cotidiana. La estupidez se expresa en el motorista envalentonado, en el auditor ignorante que amarga la vida de los otros empleados con sus requerimientos imbéciles, en el burócrata que no puede ni siquiera configurar un formulario, en el irresponsable que no puede prever las consecuencias nefastasd de sus acciones.

La ciudadanía no está obligada a regirse por la estupidez. Debe resistirla, torpedearla, discutirla, exigir argumentos y soluciones. La mejor manera es exigir cuentas cuando un estúpido se decida a hacernos la vida imposible.