Domingo 18 DE Noviembre DE 2018
Opinión

La guerra desde los palacios

Simbiosis de los gobernantes.

 

— Édgar Gutiérrez
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Sin la acción decidida y sin precedentes de la tripleta MP-CICIG-La Plaza, el triunfo electoral de Jimmy Morales en 2015 es impensable. Sin experiencia política ni conocimiento de Estado; sin contar con equipo de trabajo, ni la menor idea de un programa de gestión, en realidad Jimmy Morales no tenía tanto trabajo. Solo debía permitir que la corriente reformista reconstruyera, transformando el país, a partir de los escombros que iban dejando a su paso los fiscales independientes, tras demoler estructuras de corrupción y crimen.

Eso fue lo que ocurrió hasta septiembre de 2016 bajo el liderazgo de Mario Taracena, que entonces operó a favor de las reformas (ahora lo hace, al parecer, mucho más cómodo, para el bando oscuro; es uno de los artífices del bochornoso pasado miércoles 13 de septiembre, cuando el Congreso decretó su auto-amnistía, que dos días después enterró ilegalmente). Durante 2016 la UNE jugó el rol de partido de gobierno y el oficialista FCN, nutrido de tránsfugas, apenas atinó a oponerse, sin mayor pericia. Pero era claro que la cuna política de Jimmy Morales estaba hecha de lo menos presentable, marginal y oscuro de la vieja política (acostumbrados al trabajo sucio). Y a esa cobija volvió el presidente desde hace trece meses.

Jimmy Morales no solo ha traicionado la plataforma anti-corrupción que le dio el triunfo electoral, sino que además se convirtió en caja de resonancia y operador del viejo sistema. Su papel en la Historia es ingrato, y así será juzgado. Ha fallado por los dos bandos donde se le puede analizar. Ha cerrado filas con las fuerzas restauradoras de la corrupción y el crimen, y encabeza la más mediocre administración de gobierno de la que se tiene registro en 200 años de vida republicana. Si su imagen no es peor, si acaso no está en el aislamiento absoluto y las críticas se moderan en ciertos ambientes, es porque Jimmy Morales resulta funcional al viejo sistema, que es muy poderoso y está tan extendido.

Jimmy Morales boicotea la lucha contra la corrupción, azuzado por el alcalde Arzú. La oposición de ambos está motivada solo por la salvación de su propio pellejo, ahora en riesgo. Así que no es una loa delirante ni etérea a la Patria del criollo, que podría reclamar Arzú. Tampoco es un arranque nacionalista nacido de las entrañas (aunque sean verdaderos galimatías) de los que hace gala Morales cada vez que toma el micrófono, lo cual es ahora más frecuente (a falta de pan, circo). Desde luego, no hay comparación entre lo que forjó Arzú en 30 años continuados de ejercicio oscuro de poder, y Morales en dos años.

Como sea, su resistencia al MP-CICIG-Plaza encubre algo mucho más grave para el futuro de Guatemala. Ambos representantes del patrimonialismo (Morales) y de la cooptación de Estado (Arzú) están transmitiendo en tiempo real, desde sus palacios, sin decirlo expresamente, el mensaje clave a las estructuras mafiosas, formales e informales, viejas y nuevas, que pululan en todas las ramas y niveles del poder público: no paren, continúen reproduciéndose y llevando agua a su molino; como plantamos la cara por ustedes, apóyennos. Es la simbiosis de Arzú y Jimmy Morales con la corrupción: la alimentan y se nutren de ella. En la “guerra” que han declarado está en juego un sistema de corrupción que los beneficia a ellos y a tantos más, pero, antes que eso, su propio peculio. Y, sin embargo, ese mismo interés personal e inmediato, es la principal debilidad de ambos.

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