Jueves 22 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Sentido Común (XII): El engaño en cuanto instrumento cotidiano en la política

Los guatemaltecos han de ponerse de pie a tiempo, a menos que no les importe ver a su país reducido a la misma servidumbre de los pueblos de Cuba y Venezuela.

 

— Armando de la Torre
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Todas las visiones ideológicas, tanto las llamadas nacional socialistas (Hitler) como las internacional socialistas (Lenin, Mao, Castro) han recurrido permanentemente a la mentira o al engaño para llegar al poder y mantenerse en él. Ahí incluyo a los promotores de la CICIG, tales como Eduardo Stein o Edgar Gutiérrez, y a sus ejecutores como Iván Velásquez. Y como “tontos útiles” que se tragan tales embustes personajes notables del sector productivo del país y jóvenes intelectuales que se han estrenado recientemente en el mundo del periodismo en cualquiera de sus categorías: escrita, radial o televisada.

Lenin llegó al poder en 1917, en plena y exasperante Primera Guerra Mundial, con el embauque de “la paz a toda costa”. Hitler lo hizo igual pero con otro sofisma: restaurar la grandeza perdida del imperio germánico y llevarla mundialmente a su cumbre tras su humillante y desastrosa derrota en 1918. Y el colombiano Iván eliminar la corrupción en la ajena Guatemala (con el endorso de la muy corrupta ONU), tras décadas de corrupción galopante.

Stalin, por delegación de Lenin, esclavizó brutalmente a su pueblo por siete décadas; Hitler, dejó una Alemania en escombros, con hambre y abyecta sumisión al extranjero. E Iván nos lleva a un precipicio todavía más corrupto de lo que podemos imaginar, con cárceles por doquier para quienes nos manifestemos en su contra, con la colaboración de guatemaltecos pocos pero muy desalmados.

Y de nuevo, con el aplauso cómodo de los hombres y mujeres sin carácter.

La historia de siempre.

Los guatemaltecos han de ponerse de pie a tiempo, a menos que no les importe ver a su país reducido a la misma servidumbre de los pueblos de Cuba y Venezuela.

Una respuesta clara y contundente sería la cancelación definitiva e inmediata del fallido experimento con la CICIG. Y que los mismos guatemaltecos, no los mismos extranjeros, asuman con coraje el papel de liberar a su país natal de los corruptos que los han tiranizado alternativamente.

Para ello simplemente bastaría regresar a los principios éticos de todo Estado de Derecho. Lo cual, eso sí, entrañaría un amor solidario hacia todos sus compatriotas de buena voluntad; de un carácter enérgico para cumplir y hacer cumplir a todos con las leyes, y una laboriosidad innovativa e incesante como la de cualquier pueblo desarrollado. Esto a su vez, implica el cultivo de hábitos como el de decir siempre la verdad, aunque nos duela, o cumplir con lo pactado, aun cuando perdamos. Y someternos a los diez mandamientos sobre los que se ha edificado el edificio gigantesco de la cultura occidental, aunque esto último pueda herir nuestra vanidad intelectual.

La hora de la verdadera independencia ha llegado. Jamás olvidemos que nada de lo bueno nos ha sido, ni nos es regalado, sino que siempre habremos de “ganar nuestro sustento con el sudor de nuestras frentes”. Que lo que se nos dice mendazmente que esa ayuda, o “cooperación” gratuita, son siempre en realidad otras tantas artimañas para nuestra cómoda candidez. Que la madre no puede orientar a sus hijos sin lágrimas, como los varones estamos llamados a proceder con justicia también, y a estar dispuestos a dar la vida por la felicidad de nuestros seres queridos o dejamos de ser varones.

Que la vida es demasiado corta para querer hacer de ella la senda que siguió Pablo Escobar Gaviria, o su coterráneo Iván Velásquez.

Nos decimos orgullosamente libres; es el momento actual el más oportuno para confirmar que es de veras verdad lo que tan fácilmente alegamos a diario.

No habrá paraíso sin cruz. Como no puede haber prosperidad sin el hábito del ahorro.

“Esto vir”, “Sé hombre” se decían los romanos y así edificaron el Imperio más aleccionador de la historia de Occidente. “Que ninguno se quede atrás” exhortaban los magníficos mayas, y “sé universal”, concluyeron los genios del Renacimiento. ¿Por qué no hacemos nuestra, en Guatemala, tanta sabiduría?

No necesitaríamos, entonces, de políticos payasos, ni de empresarios mercantilistas, ni de asalariados haraganes, ni de catedráticos universitarios ni maestros de escuelas sindicalizados con el único propósito de trabajar menos a costa de la educación y de la formación integral de nuestros hijos.

Nuestro problema aquí, en esta tierra tan bendecida por Dios, es exclusivamente de índole moral o ética; nada más.

Por supuesto, a nadie agrada que se le recuerde este “detalle”, por lo menos no a quienes se dicen “varones” y se portan como aquel último Sultán de Granada a quien su madre le reprochó: “Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre”.

Ni tampoco gusta a las hembras, que no mujeres, que les vuelven del todo las espaldas a su vocación biológica y espiritual de dadoras de vida nueva.

“A quien le calce el guante, que se lo plante”. Todos, jóvenes y viejos, sanos y enfermos, analfabetas y letrados, se lo agradeceremos desde lo más íntimo de nuestros corazones. Porque así dejarán de ocupar un espacio que necesitamos con urgencia, ni consumir un aire puro sin el cual no podríamos sobrevivir.

“Intelligenti pauca”, es decir, “al buen entendedor pocas palabras basta”.

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