Martes 20 DE Noviembre DE 2018
Opinión

El segundo punto de quiebre

Y el folclor “roxaniano”.

 

— Edgar Gutiérrez
Más noticias que te pueden interesar

La corrupción compleja, asociada estrechamente a la expansión de redes criminales, nos llevó en 2015 a la antesala del Estado fallido o, si se quiere ver desde otro ángulo, a la víspera de una reconfiguración cooptada del Estado que el entonces cuasi presidente, Manuel Baldizón, traía bajo el brazo. Ese proyecto político quedó desbaratado por la arremetida del MP y la CICIG a partir de abril de ese año. Casi toda Guatemala estuvo feliz y, más, al final de 2015, tras unas elecciones generales muy concurridas y cuyos resultados presidenciales alteraron los pronósticos, aunque el Congreso de entonces (como el de ahora) fue renuente a las reformas.

Sin desmayar, los fiscales del MP y la CICIG profundizaron su trabajo durante los siguientes dos años, y los factores se alteraron. Entre ciertas elites la lucha contra la corrupción ya no entusiasma. Se convirtió en un prolongado temblor, que en ciertas zonas adquiere dimensión de terremoto. A los gobiernos democráticos maduros les cuesta entender porqué la lucha contra la corrupción despierta pesimismo económico y hasta se dice que podría ahuyentar inversiones sostenibles, cuando en su experiencia es al revés. Tampoco es fácil encontrarle base al razonamiento de que la lucha contra la corrupción es injerencia en asuntos internos, cuando Guatemala se adhirió soberanamente a la norma global, estándar ineludible para evaluar el clima de negocios en cualquier país.

Las declaraciones roxanianas del lunes 23 de Jimmy Morales (hay que perseguir delitos, pero no delincuentes) y de Jafeth Cabrera (quítennos la visa a todos, pues nadie está libre del soborno), despertaron hilaridad generalizada y se multiplican las agudas burlas en las redes sociales. Pero ellos, que son los principales responsables de la estabilidad política del Estado, solo (mal) traducen el sentir de ciertas elites, que es: volvamos a la lucha retórica (y no real) contra la corrupción o, bien, dejen, como siempre, en nuestras soberanas manos decidir quién es culpable o inocente (entre líneas: de acuerdo a su capacidad de soborno). Por eso su clamor es: ¡Líbrennos de Iván Velásquez, el líder de los fiscales independientes, cuya agenda no podemos gobernar!

En la azarosa cruzada por desahogar a Guatemala, tras la subordinación de algunos empresarios a la ley (caso Construcción y Corrupción, julio 2017), estamos arribando al segundo punto de quiebre. Simbólicamente está personalizado en Álvaro Arzú, el conspicuo representante del régimen patrimonialista (la inveterada corrupción), cuya sombra ha cobijado durante 30 años de ejercicio del poder la “evolución” de los viejos CIACS (Cuerpos Ilegales y Aparatos Clandestinos de Seguridad)  del enfrentamiento armado a las actuales redes criminales que envenenan la democracia.

Temeroso de que hurguen las cajas negras en que convirtió durante estas décadas los negocios públicos, que saquen esqueletos de su armario y eventualmente lo despojen de lo malhabido, Arzú está dispuesto a encabezar las huestes de la restauración. A propósito de golpes blandos, es obvio que el Alcalde de la capital ya asumió las funciones de Presidente de la República, y no va a dudar en llevar al país a tormentas indecibles, antes que naufragar él y su régimen.

Etiquetas: