Viernes 16 DE Noviembre DE 2018
Opinión

El futuro se construye cambiando, no resistiendo

Debe ser la renovación, la fuerza de cambio.

 

— Richard Aitkenhead Castillo
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Está claro que a Guatemala le cuesta romper con su pasado, lo que preserva el presente y limita el futuro. Un país donde los cambios se hacen poco a poco, y nunca si se puede. Una sociedad que no apuesta a la juventud, que no cede el control y que es partidaria del entorno reflejado en el éxito literario Cien años de Soledad de Gabriel García Márquez. Esto lo han, están o habrán de enfrentar quienes tengan aspiración de ser agentes de cambio.

En el sector empresarial, los cambios hacia la globalización fueron lentos y hay quienes sueñan con que se reviertan hacia el entorno complaciente del ayer. La apertura tuvo opositores que deseaban mantener la muralla arancelaria. El temor a la competencia global dificultó las negociaciones comerciales, la agenda fiscal siempre ha sido resistida y no existe un compromiso decidido de integrar al sistema a micro y pequeños empresarios. El sentir general ha sido que los empresarios están completos y que el sistema les funciona. No han sido muy diferentes los sectores académicos, el Ejército o los grupos sindicales, los líderes de movimientos indígenas y la izquierda militante. Es un país tan conservador que los extremos se parecen. Se es crítico ante la coyuntura pero conservador ante la posibilidad de cambio. Para algunos, por ser demasiado agresivos, y para otros, por ser insuficientes.

Los políticos no han sido diferentes. El sistema les encanta y se resisten con todas sus fuerzas al cambio. A los nuevos, rápido los atraen a sus redes. Es una forma de acumular poder para unos, privilegios para otros, y fortuna para los más. Son pocos los casos de líderes políticos que se caracterizan por su agenda renovadora, su compromiso con el bienestar público o impulsar la transparencia con convicción. Están inclinados a pactar con grupos de poder, adoptar gestos populistas o buscar su beneficio personal. No es casualidad que no gozan de confianza en la población urbana. Hay que evitar que ellos lideren el contenido de las reformas requeridas en temas de justicia, legislación electoral o de reforma del Estado.

Es momento de romper el molde de la corrupción y el de la inmovilidad, antes que estos rompan el molde de la democracia. Para lograrlo es necesario actuar, con firmeza pero con rectitud. El futuro debe construirse cambiando y no resistiendo. La lucha contra la impunidad y la corrupción es una de las batallas. La reforma política, la modernización institucional del sector público, el combate decidido ante la pobreza extrema, el cambio de modelo en la infraestructura, la reactivación económica, el desarrollo rural, el sostenimiento ambiental, son otras áreas fundamentales. Impulsar una agenda agresiva, no pactar el mínimo aceptable para todos los que se resisten a cambiar, es el desafío. No puede aceptarse, con resignación, que nada pase hasta las próximas elecciones. Los políticos solo promoverán el cambio con la presión social. Debe ser la renovación, la fuerza de cambio. La presión que no cede. No aceptar la división ideológica, cambiarla por la negociación de acuerdos concretos y reformas renovadoras, que permitan que fuerzas políticas diversas, pero democráticas, se fortalezcan. Urgen nuevos actores.

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