Viernes 22 DE Febrero DE 2019
Opinión

Se salieron con la suya los militantes tributarios

— Editorial
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La creación de nuevas sociedades y empresas mercantiles prácticamente se detuvo en Guatemala, lo que se traduce también en menos empleos y en un menor poder adquisitivo.

La disminución progresiva de la creación de sociedades y empresas mercantiles ha venido ocurriendo desde que cobró vigencia el “Paquetazo Tributario 2012” (Ley de Actualización Tributaria y Ley Antievasión II), que vino a gravar con severidad a la clase media (medianos y pequeños empresarios, profesionales, técnicos, trabajadores calificados, burócratas, jubilados, etcétera). En fin, la obra de arte de los militantes tributarios.

Por supuesto, los militantes tributarios no repararon ni reparan en que las normas tributarias y regulatorias en general no deben asfixiar a los agentes económicos ni desestimular la inversión privada, ni menos causar temor, desestimular el acceso al crédito y provocar desinversión y descapitalización humana, porque bajo este supuesto aunque las leyes fiscales sean “draconianas” la recaudación tributaria siempre irá a la baja en vez de aumentar.

La declinación de la creación de nuevas sociedades y empresas mercantiles sumada al cierre de negocios (desinversión, quiebra, clausura tributaria, etcétera) como consecuencia de la desaceleración económica o de decisiones administrativas arbitrarias es una calamidad, porque redunda negativamente no solo en los inversores, sino que también en la mano de obra que queda a la intemperie, sin trabajo.

El mercado formal de trabajo solo absorbe el 20 por ciento de la mano de obra incremental anual que se incorpora al mercado laboral, de lo que se deduce que el 80 por ciento de esa mano de obra se tiene que quedar en la economía informal, caracterizada por el autoempleo, o emigrar hacia mercados laborales foráneos. En todo caso, la formalidad e informalidad del empleo se refleja en la afiliación al régimen de seguridad social, que está aumentando muy por debajo al crecimiento demográfico. Asimismo, debe tenerse presente que la espiral delincuencial y de violencia es una medida del desempleo y de la falta de fuentes de trabajo en una sociedad como la nuestra.

Por otro lado, el aumento del salario mínimo, que decreta el gobierno año con año, es un espejismo, porque aunque en apariencia mejora los ingresos laborales, no toma en cuenta que de nada sirve a un desempleado o a un trabajador informal. Es más, el salario mínimo se vuelve ineficaz cuando se cierra una fuente de empleo, deja de abrirse una empresa o se recorta personal.

En fin, alegrarse, como lo hacen los militantes tributarios, porque desaparecen emprendimientos o porque no se abren nuevas empresas, es una locura y conlleva implícita una obsesión antiemprendimiento o una intencionada, díscola y proactiva actitud dogmática de socavar el sistema económico.

Si a la desaparición de fuentes de trabajo se abona la caída del índice de confianza, que supone incertidumbre, desconfianza y temor, la marcada desaceleración económica, el desplome de la contratación (la venta de papel de protocolo notarial se retrajo hasta lo inverosímil), la desnaturalización de las sociedades accionadas, la caída de la recaudación tributaria y el estancamiento crediticio, debe preocuparnos porque las amenazas de la desesperación y la violencia se están agigantando.

Hemos venido insistiendo en la necesidad imperiosa de que desmantele el “Paquetazo Tributario 2012”, que aunque fue impugnado casi en su totalidad ante la Corte de Constitucionalidad, por contener graves inconstitucionalidades, fue tolerado por una magistratura sumisa, complaciente e incapaz de prever sus efectos contraproducentes. Sin duda, se salieron con la suya los militantes tributarios y hoy el país paga los platos rotos de la insensatez.

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