Miércoles 26 DE Septiembre DE 2018
Opinión

El poder del sufragio

Venezuela se debate entre la democracia y la dictadura.

 

— MARIO FUENTES DESTARAC
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El sufragio es el derecho que tiene una persona de manifestarse, a través del voto, en una elección. En una democracia republicana, el sufragio es el derecho político de elegir o escoger entre las opciones que se presentan y someten a consideración de los electores, sean candidatos a cargos de elección popular en liza o propuestas o planteamientos a través de referendos (constituyente, constitucional, legislativo, revocatorio o consultivo).

En nuestra Constitución están incorporados los derechos políticos de elegir y ser electo, así como la obligación ciudadana de velar por la libertad y efectividad del sufragio, y la pureza del proceso electoral. Asimismo, Guatemala se adhirió a la Carta Democrática Interamericana (OEA), que establece: “Son elementos esenciales de la democracia representativa, entre otros, el respeto a los derechos humanos y las libertades fundamentales; el acceso al poder y su ejercicio con sujeción al Estado de Derecho; la celebración de elecciones periódicas, libres, justas y basadas en el sufragio universal y secreto como expresión de la soberanía del pueblo; el régimen plural de partidos y organizaciones políticas; y la separación e independencia de los poderes públicos”.

Esto supone que el gobierno debe surgir de la voluntad ciudadana expresada en las urnas electorales, a través del sufragio, extremo que deslegitima cualquier gobierno que no sea elegido por los ciudadanos, en ejercicio del sufragio, en elecciones libres, justas y organizadas por una autoridad electoral independiente, imparcial y, sobre todo, que sea neutral en el plano político partidista. Esto garantiza la instauración de un “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, como afirmaba el expresidente de EE. UU. Abraham Lincoln.

En estos tiempos, el pueblo venezolano se debate con frenetismo entre la democracia republicana y la dictadura, entre el sufragio y la imposición, entre la legitimidad y el artificio, entre el autogobierno y la suplantación, entre el Derecho y la arbitrariedad y, en dos platos, entre la libertad y la opresión. Los enemigos de la democracia republicana, apoyados en el clientelismo político y en las fuerzas armadas, pretenden consolidar en Venezuela un régimen despótico, de corte totalitario, en medio de una profunda crisis económica, social y política.

El objetivo del régimen chavista, presidido por Nicolás Maduro, es la concentración de poder y el abuso de autoridad. El chavismo controla las fuerzas armadas, el Tribunal Supremo de Justicia, el Consejo Nacional Electoral y la Fiscalía General, después de defenestrar a la titular Luisa Ortega Díaz, quien se ha convertido en testigo de cargo por actos de corrupción contra la camarilla gobernante en Venezuela. Asimismo, el chavismo ha inhabilitado a la asamblea legislativa, con mayoría opositora, e instalado una Constituyente, de corte soviético, integrada exclusivamente por militantes chavistas, autoproclamada “supranacional” y “plenipotenciaria”, que avale el ejercicio del poder absoluto.

No obstante, la oposición política, alentada por el espíritu democrático, decidió participar, contra viento y marea, en las elecciones de gobernadores en los 23 estados de Venezuela, que se celebraron ayer domingo, convocadas con retraso por el régimen chavista, con el propósito principal de confirmar, a través del sufragio, el repudio mayoritario al régimen de Maduro y la voluntad ciudadana de cambio en democracia. Por supuesto, el desafío opositor es cuesta arriba, ya que, por un lado, la autoridad electoral no es confiable, por lo que no se descarta un fraude electoral; y, por otro lado, el régimen chavista ha anticipado que los gobernadores electos deberán ser juramentados y estar subordinados de facto a su plenipotenciaria Constituyente.

A pesar de la adversidad, estoy convencido que el poder del sufragio puede mover montañas y demoler tiranías. “Cuando el sufragio es ley, la revolución está en el sufragio”, decía José Martí.

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