Martes 18 DE Septiembre DE 2018
Opinión

¿En la víspera de la destrucción?

Hoy, quizá más que nunca, podemos realmente estar en la víspera de la destrucción.

— Roberto Blum
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En agosto de 1965, el cantante Barry McGuire lanzó al mundo la canción de protesta La víspera de la destrucción, escrita por P. F. Sloan en 1964, que de inmediato se convirtió en un éxito mundial. En el siguiente mes de septiembre llegó al primer lugar de popularidad en los Estados Unidos y en Noruega, y alcanzó el tercer lugar en el Reino Unido. Dadas las circunstancias del momento –el muy reciente “domingo sangriento”, la guerra de Vietnam y la encarnizada lucha por los derechos civiles de los negros– la canción representaba el terror y la polarización que la sociedad estadounidense y mundial estaban viviendo. De inmediato el sargento Barry Sadler lanzó La balada de los “boinas verdes” como una contra-canción patriótica. Muchos jóvenes exclamaban angustiados con MacGuire en ese momento:

¿Acaso no puedes sentir el miedo que siento hoy?

Si se presiona el botón, no hay escapatoria.

No habrá nadie a quien salvar con el mundo en una tumba.

Echa un vistazo a tu alrededor, muchacho, seguramente te asustará, muchacho.

¿Y tú me dices una y otra y otra vez, amigo, que no crees que estemos en la víspera de la destrucción?

Hoy, quizá más que nunca, podemos realmente estar en la víspera de la destrucción. El presidente de Estados Unidos encabeza lo que parece una cruzada enfocada en destruir sistemáticamente todas las instituciones que trabajosamente se han venido construyendo para asegurar la paz y el bienestar de los pueblos del mundo.

La destrucción promovida por Trump abarca diversas partes de la estructura institucional. Dentro de Estados Unidos, su administración se empeña en obstaculizar e impedir el funcionamiento de las agencias que por ley promueven el cuidado del medioambiente, la salud, la vivienda o la educación pública, a cambio de favorecer los intereses particulares de grupos cercanos a la camarilla gobernante.

Sus constantes ataques a los medios de comunicación que lo critican son un ominoso signo de sus tendencias autoritarias. Las amenazas de suspender las licencias de operación, o bien de demandas civiles infundadas contra la prensa escrita, muestran no solo su ánimo vengativo, sino su suprema ignorancia de las leyes y las tradiciones liberales.

Si bien sus esfuerzos en modificar la legislación han sido infructuosos, su propósito destructivo lo está llevando a cabo mediante decretos ejecutivos, que han puesto término final a iniciativas tales como DACA –“acción diferida para menores inmigrantes”– o la sistemática erosión administrativa del Affordable Care Act, popularmente llamado “Obamacare”.

El proyecto destructivo internacional del presidente de los Estados Unidos se observa en acciones tales como su salida del Acuerdo de París, del Tratado Trans Pacífico (TTP), y ayer mismo de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO); su alejamiento de la Alianza Atlántica y la grave reticencia en afirmar el artículo cinco de la Organización del Tratado del Atlántico del Norte (OTAN), renegar del Acuerdo Nuclear con Irán y las exageradas exigencias en la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), cosa que probablemente hará imposible su renovación, con los graves resultados que esto tendría en la economía y el comercio mundial.

Quizás lo más grave y peligroso para el mundo sea la creciente disputa de Donald Trump con Kim Jong-un, gobernante de la República Popular Democrática de Corea. Ambos están personalmente enredados en un peligroso juego de poder, que fácilmente puede salírseles de control con inimaginables consecuencias para la humanidad.

La esperanza que aún hay para el mundo es que los tres o cuatro “adultos” en la estructura de poder de la Casa Blanca sean capaces de evitar los desmanes del desbocado ego presidencial. En palabras de Barry McGuire: “¿Y tú me dices una y otra y otra vez, amigo, que no crees que estemos en la víspera de la destrucción”?

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