Jueves 20 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Derrumbe de la machocracia

Solitos ellos están cavando su propia tumba.

 

— Anamaría Cofiño K.
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El machismo es un fenómeno cultural e histórico que promulga el predominio masculino, institucionalizado en el patriarcado. Es un conjunto de actitudes, situaciones, privilegios, normas y representaciones que ubican al hombre, como arquetipo universal de lo humano, en un nivel superior al del resto de seres vivos. Se concreta en una serie de mecanismos de dominación, basados en el sometimiento de las mujeres a través de múltiples formas de violencia.

En Guatemala, donde las dictaduras ocuparon el Estado durante parte del siglo XX, con secuelas notorias en el XXI, la huella del autoritarismo caló profundo en las generaciones que crecieron bajo la bota militar. Así se fueron construyendo los rasgos del chafa típico, anticomunista y conservador, mandón, prepotente, amenazante, torturador, obediente de las jerarquías, reproductor del sistema. La guerra fue el escenario donde enseñanzas adquiridas por los soldados en los cuarteles, hicieron de los cuerpos de las mujeres, territorios de despojo y muerte, donde la crueldad rebasó todos los límites. Funcionarios que hoy están en el gobierno, así como empresarios y comunicadores son fieles reproductores de esos patrones.

Las religiones también son gobernadas por machos. Sacerdotes, pastores, guías y gurús imponen creencias supremacistas, prácticas hipócritas, prejuicios sexistas, relaciones de violencia. El macho chapín clásico se santigua, ocultando sus amantes, con la pistola en el cinto y la billetera henchida de corrupción.

Estos personajes nefastos hacen alarde de sus clavos de bolo, con guaro se sienten valientes y encuentran en la embriaguez una salida para su frustraciones. No es casual que en algunas comunidades las mujeres se hayan organizado para impedir la venta de licor, como prevención de la violencia que han padecido a manos de alcohólicos que las golpean y empobrecen.

Uno de los iconos típicos del machismo chapín es el conquistador: ese vándalo armado que, sin escrúpulos ni miramientos, hace valer su poder para acumular riquezas, tomando por la fuerza lo que le venga en gana. Muchos descendientes de criollos se identifican con este macho blancuzco que se cree dueño y señor sempiterno de gentes y tierras. Aplauden sus alardes de bravuconería, evidenciando su ridícula tozudez e ignorancia. Son de la calaña del patrón finquero, ese que truena los dedos, exige a “sus empleados y sus mujeres” que le sirvan sin dar nada a cambio. A ese club excluyente, se han unido capos del narco y las maras, con su exposición obscena de posesiones ilícitas y armas letales.

No faltan los compas progre que en su florido discurso proclaman la justicia y en la casa actúan como jefes de maquila. O los profesionales incapaces de reconocer a las mujeres como iguales. Todos estos tipos son piezas identificadas de la machocracia, orden decadente que está dando patadas de ahogado, en un mundo donde más mujeres rebeldes han dejado de obedecer y callar. Es responsabilidad de todas las personas erradicar las prácticas machistas donde se presenten. Solo así Guatemala podrá ser el territorio de paz que anhelamos.

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