Martes 18 DE Junio DE 2019
Opinión

En nombre del señor

Mientras, sin estar en paz con su conciencia, con cinismo inmaculado dicen al terminar de hablar: que Dios los bendiga. ¡Qué eggs!

 

Fecha de publicación: 03-10-17
Por: Amílcar Álvarez

Numerosos iluminados han cometido y cometen barbaridades al participar en política mezclando el agua y el aceite engañando incautos. Con un ensamble de palabras bien elaboradas pastores alemanes o no, montan una farsa que les permite amasar fortuna recibiendo diezmos generosos, sumado a negocios envidiables con gatos nacionales y extranjeros, ameritando una investigación exhaustiva que puede conducir a lavado de dinero y otros activos. La participación persistente iniciada en forma sigilosa se convirtió con el paso del tiempo en descarada, ofreciendo el paraíso en la tierra prometida pero ajena, olvidando que su misión es orientar ovejas descarriadas no ser parte del rebaño. Conducta que en lugar de ayudar a construir un país de leyes, no de hombres ni nombres, contribuye al desorden social que nos lleva sin remedio a una confrontación propia de aldeanos que no saben dónde están parados en pleno siglo XXI, relegando la evaluación de la problemática nacional, indispensable para estructurar una política definida que permita combatir la corrupción, la pobreza y la miseria. A la manipulación de la realidad financiada por talibanes se suman medios de comunicación desinformando a placer, manteniendo confundidos y en la oscuridad a los pendejos. En lugar de convertir la crisis en oportunidad, convocaron a un simulacro de diálogo que no sería normal por la participación de corruptos, lastimando la armonía social volviendo las discusiones estériles, oxigenando un sistema obsoleto que cumplió su vida útil sin descifrar el secreto de la pobreza evitable en un país rico y diverso. El desarrollo social, económico y político fructificará con una actitud diferente, participando todos los sectores –sin mafiosos– olvidando las posiciones y pasiones radicales que nos dividen. Mientras, sin estar en paz con su conciencia, con cinismo inmaculado dicen al terminar de hablar: que Dios los bendiga. ¡Qué eggs!

En las democracias rancias hay respeto y tolerancia social, aquí con desdén se tolera lo que no gusta o disgusta y se relativiza el complejo de culpa entre desiguales porque no sabemos lo que queremos, juzgando y jugando a dos barajas inclinados más por el que domina que por el que implora. Y mientras el sistema se hunde anulando los valores humanos y sociales, no vemos la raíz del mal por estar metidos en la vorágine del consumo, resultando normal que un Magistrado de la Corte ex-Suprema de Justicia dé empleo a su esposa y dos hijos en el Organismo Judicial como si fuera de su propiedad y en lugar de rectificar, reaccione con las vísceras en la mano y sus colegas se hagan los babosos pensando que es peccata minuta. Cada orden social alimenta sus propias contradicciones y justificaciones, pero aquí se nos va la mano y parece que no tenemos arreglo combatiendo la corrupción tolerándola. La mafia lo sabe y se muere de la risa diciéndole a sus soldados que digan por joder que la crisis es ideológica, sin faltar opiniones aturdidas afirmando que no, que es emocional y provocar discusiones delirantes propias de los que viven en las tinieblas, poniendo en solfa la salud mental de los participantes en el baile. La sociedad merece un cambio cuantitativo y cualitativo, –progresar con estabilidad–, lo que es posible si termina el estancamiento que genera la anarquía en que vivimos. El ideal es renovarse y asumir el reto de la modernización sin perder la identidad ancestral que debe ser incorporada, contribuyendo a elevar el nivel de mística y responsabilidad que nos falta. Si hacemos el intento y las mafias impiden encontrar el camino que nos permita vivir en paz y prosperar fortaleciendo la democracia, la única alternativa que tenemos es empezar de cero y entregarle al pueblo un proyecto de sociedad democrática llave en mano, construido con un garrote en una y un caramelo en la otra. Una operación didáctica –natural– nos ahorrará los disgustos pasados y los que vendrán, sin olvidar que para hacer ciertas cosas, además de saber hay que poder. El país no se va a caer, ya se cayó.