Jueves 20 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Mañana llega el Uno O

Los catalanes decidirán mañana, 1 de octubre, si se independizan políticamente o permanecen como parte del Estado español.

— Roberto Blum
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No hay fecha que no se cumpla y mañana llega por fin el “1 O” para Cataluña, para España y para Europa. La fecha representa un parteaguas para el mundo. Los catalanes decidirán mañana, 1 de octubre, si se independizan políticamente o permanecen como parte del Estado español. Es claro que Cataluña es una nación que solo por circunstancias históricas ajenas forma parte de España. También es claro que muchos de los catalanes desean que Cataluña se convierta en un Estado nacional, con todos los atributos legales que le corresponden.

El referendo que se llevará a cabo mañana nos dirá cuál es la voluntad mayoritaria de esa nación. Si el resultado favorece la separación de España, los Estados del mundo deberán dar la bienvenida a uno más de ellos. Y el ejemplo de la nación catalana podrá fácilmente cundir en Europa y en otras partes.

Los Estados nacionales son un desarrollo relativamente reciente. Podríamos encontrar su génesis poco después de la Revolución Francesa en 1789. Haití, quizás el primer ejemplo del nuevo orden, obtuvo su independencia en 1804, después de una revolución antiesclavista que comenzó en 1791, siguiendo el ejemplo libertario de su antigua metrópoli, la Francia revolucionaria de los derechos del hombre y del ciudadano. Nosotros, los iberoamericanos, pronto seguimos el ejemplo francés, haitiano y español, y comenzamos a construir simultáneamente Estados y naciones. En la creación de Estados fuimos exitosos. Construir naciones es mucho más complicado. La nación es un producto de la historia. En cambio, el Estado es una creación legal, pero su consolidación es resultado de un esfuerzo permanente en el tiempo.

En el siglo XIX, Iberoamérica era una sola nación: una nación mestiza, que en trescientos años se había ido constituyendo lentamente. Tras las independencias separadas de las regiones, de inmediato se crearon Estados que intentaron construir sus propias naciones con variado éxito. El Estado español, en cambio, ha intentado, aparentemente sin éxito, integrar diferentes naciones preexistentes en una sola nueva nación, la española. El régimen franquista intentó someter, aplastar y destruir las comunidades nacionales que formaban el Estado español. No lo logró y mañana una de estas naciones, la catalana, intentará demostrar su realidad y su vitalidad. El Estado español actual sigue negando la posibilidad de que cada nación en su territorio cree su propio Estado soberano.

El Estado español está justificadamente aterrorizado. Aceptar la independencia catalana sería el inicio de la ‘capitis deminutio’ y la desintegración del Estado español. Pero no es solo la suerte futura de España la que preocupa a muchos dirigentes políticos estatales. Otros Estados podrían correr la misma suerte. Turquía, Irak e Irán podrían ver la creación del Estado kurdistano en sus territorios estatales. Francia misma podría ver crecer el deseo de los corsos, los vascos, los bretones y los alsacianos de formar sus propios Estados nacionales. Europa es un rompecabezas de naciones diferentes, organizadas en unos cuantos Estados. Parecida es la situación de algunos de los Estados en Iberoamérica. México, Guatemala, Perú y Bolivia son evidentemente Estados plurinacionales, con regiones altamente diferenciadas. Esta es una combinación no favorable a la permanencia de largo plazo de esos Estados.

El mundo está cambiando. El Estado nacional es una creación reciente que respondía a las condiciones específicas de las revoluciones francesa e industrial. Al cambiar las circunstancias tecnológicas globales, es razonable pensar que la organización de las sociedades actuales tenderá a cambiar y probablemente el Estado nacional territorial no sea la forma dominante de organización política en el futuro. Mientras tanto, sea bienvenido el nuevo Estado catalán, si así lo determina mañana, el “1 O”, la voluntad de la nación catalana.

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