Lunes 24 DE Septiembre DE 2018
Opinión

La Plaza y la construcción social de la realidad

“El mundo exterior es menos compartible que el mundo interior. La realidad es sueño transgredido. Un mito es un lugar común celebrado. Nada es menos colectivo que la realidad”. (Cardoza y Aragón André Breton, atisbado sin la mesa parlante)

 

— Edgar Balsells
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Jueves a temprana tarde, la Plaza abarrotada de caras jóvenes y la lideresa hace sentir su voz, recordando a su predecesor martirizado enfrente hace ya cuatro décadas. Su voz suave resuena estridente en la audición rutinaria de los profetas, quienes fingiendo indiferencia se las ingenian en la próxima mentira.

Ya lo estudiaron grandes Maestros (Mannheim y el dúo Berger-Luckman): la realidad se construye socialmente con una serie de fundamentos de conocimiento del mundo vital cotidiano. Hay en esto gran contaminación ideológica para defender los intereses sociales, pregonada por los profetas de la falsa conciencia, con intención de que no cuajen subversiones mentales colectivas. Así, nuestra tarea consiste en hacer que de ciertas condiciones surjan nuevos pensamientos, y de los pensamientos nuevas condiciones.

El mundo de la vida cotidiana está cambiando a partir de la algarabía de la Plaza, conectada en forma instantánea con las principales plazas urbanas, en donde bien se sabe que los caciques distritales de la Metrópoli, Los Amates y Morales, y en el Altiplano tienen las mismas mañas, y además nos han capturado hasta el aliento. Pero cuando la rapiña aflora el rebaño se une, se protege, a pesar de la lucha desigual en contra del vocifereo en la era de la información, que ha sustituido temporalmente a la era de la milicia, como abrigo del poder. Pero, siempre hay contracaras, y el mundo digital las tiene al instante, con la inmediatez de los medios alternativos, que han rebasado el monopolio de la vieja prensa complaciente, de los señorones saciados de publicidad barata.

Este quiebre mental colectivo es particularmente vital cuando las reacciones no son disparadas por descontentos materiales que alimentan el populismo, o bien disputas puramente ideológicas, sino germinado por una motivación espiritual y moral que une a los individuos ante el riesgo: la corrupción. Entonces, la espontaneidad de la gente, los soplidos de vuvuzelas, los bocinazos de los traileros saludando la marcha, los saludos entre todos para darse fraternalmente la paz, son poco comprendidos por los adláteres del poder tradicional, tan acostumbrados al discurso de la diatriba para el desprestigio, viendo comunistas hasta en la sopa. Pero las nuevas conciencias ya no ven las sombras de la caverna, su apertura ante el mundo sí que asombra.

La alternación o cambio de este corte, se puede identificar con los grandes quiebres que diferentes sociedades han observado cuando se tocan identificaciones religiosas o morales. Así, el individuo se desafilia de su mundo anterior, se convierte, ante la atónita mirada de los actores tradicionales que se lamentan de su solitud, pues sus antiguos siervos se separan, sin inmutarse siquiera, buscando la metamorfosis social. Ello nos trae así un cambio en el aparato conversacional, que debe ser correctamente comprendido por los nuevos liderazgos, quienes tendrán que insertarse en nuevas formas de diálogo, cuando la correlación de fuerzas lleve a los de siempre, a los del poder, a darse cuenta de sus propios excesos, de su propia ceguera mental.

Estamos así en otro episodio de la vida ciudadana, al que muchos apuestan por el gatopardismo: que las cosas aparenten un cambio. Y es que el mediocre diputado cantinflesco, de curul pagada con sudor de pobreza, seguidor de líderes astutos, comparsa de la democracia de fachada, y de la inacción, debe dar paso a una sociedad del mérito y de verdaderos liderazgos. Y su ausencia será intrascendente, así como su paso por este mundo vital.

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