Miércoles 19 DE Septiembre DE 2018
Opinión

La transformación política de Guatemala

Un modelo explicativo para entender el proceso 2015-2017.

 

— Phillip Chicola
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En su texto poco conocido, El Antiguo Régimen y la Revolución, Alexis de Tocqueville propuso un modelo explicativo para entender los procesos de transformación política y social, que permite analizar Revoluciones, procesos de democratización o reforma política.

Todo proceso de transformación tiene un antecedente, en la cual el ‘“Antiguo Régimen”’ se deslegitima lentamente, por su incapacidad de generar satisfactores entre la ciudadanía. Esa deslegitimación trae consigo mayor rechazo contra los actores en el poder. En ese contexto, un evento particular provoca el estallido de una crisis que desata el proceso transformador.

En la primera fase del proceso de transformación, se produce el primer esfuerzo por destruir al Antiguo Régimen: se genera un bloque homogéneo de oposición que promueve el recambio de los actores en el poder, se produce una depuración de elites y se impulsa una primera generación de reformas que pretenden atender la crisis del sistema.

No obstante, en una segunda fase, se produce una fractura en el movimiento transformador, asociada a las diferentes visiones sobre la velocidad y la profundidad de los cambios. Esa fractura favorece a los grupos reaccionarios que pretenden frenar o retrotraer el proceso. Derivado de esa división, se sobreviene una tercera fase en la cual se produce un enfrentamiento tripartito entre los actores transformadores más radicales, con actores moderados y los reaccionarios, en una disputa por controlar el proceso político. En ese contexto, se producen alianzas tácticas que alteran los balances de fuerza.

Del resultado de ese pulso, se llega al Termidor, fase en la cual la coalición ganadora toma el poder y actúa de acuerdo a sus intereses y visiones. Si son los radicales, se acelera el proceso de transformación y se profundizan las reformas. Si son los moderados, se producen cambios, pero con menor velocidad y gradualidad. En cambio, si los reaccionarios recapturan el poder, estos intentan reconstruir el statu quo y deshacer las transformaciones.

El caso guatemalteco puede analizarse bajo este modelo. La deslegitimación se vivió entre los años 2010-15, con el colapso gradual de los servicios públicos, el aumento de la corrupción y la cultura de impunidad. El evento que desencadenó la transformación fue la develación del caso La Línea que evidenció la vinculación entre el poder político y la corrupción institucional.

Entre abril de 2015 y el año 2016, se produjo el esfuerzo por destruir el Antiguo Régimen, vía la depuración judicial del Ejecutivo, de varios diputados y las mismas cortes, además de una primera generación de reformas como la Ley de Contrataciones, la SAT, la Ley Electoral y el Régimen Interior del Congreso. Sin embargo, hacia mediados de 2016 se vivió la fractura de la transformación, como consecuencia del debate sobre la conducción del destino del país. Mientras algunos actores sociales apuestan por la alternativa “radical” de cambiarlo todo, un segundo bloque “moderado” aspira a reformar únicamente aquellas instituciones que hicieron posible la instauración del sistema patrimonial. Y frente a ellos, los actores de la corrupción, aspiran –de manera “reaccionaria”– a echar para atrás los avances de estos dos años.

De esa fractura, hoy vivimos la fase del pulso de poder. Y la misma, ha tenido varios rounds. Solo en 2017 vivimos la disputa en el marco de la Reforma Constitucional al Sector Justicia, el intento del Presidente Morales de declarar non-grato al comisionado Velásquez, el antejuicio contra el Presidente por financiamiento electoral ilícito, y recientemente, el Pacto de Impunidad en el Congreso de la República. En todos, es posible identificar la actuación de los tres bandos, y la lucha tripartita por conducir el proceso político.

El resultado termidoriano dependerá de las coaliciones que surjan del pulso entre radicales, moderados y reaccionarios. Si se identifica que el enemigo a vencer es el viejo sistema corrupto, la ruta para evitar un retorno al pasado, requiere –necesariamente– de una concertación entre moderados y radicales para encauzar una agenda mínima de “no-retorno” contra la corrupción. Sin embargo, si la agenda de cambio se percibe como muy radical y no se generan concertaciones, inevitablemente surgirán “alianzas de miedo” entre reaccionarios y moderados, lo que implicaría cierto retroceso en la depuración del ‘“Antiguo Régimen”’.

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