Martes 25 DE Septiembre DE 2018
Opinión

La Plaza, reserva moral del país

La Plaza, modelo de civismo para el mundo.

 

— Gonzalo Asturias Montenegro
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En 2015, La Plaza fue el refugio de una población que pedía a gritos que salieran del gobierno, y que fueran castigados, los corruptos. Y ahora, en septiembre de 2017, La Plaza nuevamente expresa el sentir de un pueblo, que sigue estando en contra esa corrupción que no se ha desenquistado del aparato público. Pero, para que La Plaza se convierta en reserva moral de la nación, tiene que concitar varios aspectos importantes. Veamos.

La Plaza como reserva moral de la nación no es necesariamente un lugar concreto sino, sobre todo, también un lugar moral, no es producto de consignas de partidos políticos ni de acciones de caudillos, no representa intereses de una parcialidad del país, sino que es expresión de un sentir universal, genuino, de las más alta ética, que se expresa en forma democrática y civilizada, sin desborde de ningún tipo. Hay variedad de opiniones, pero también un común denominador, que en este caso, se expresa contra la corrupción, que es un valor universal, necesario para la supervivencia de una sociedad democrática.

En La Plaza, vemos en su casi totalidad banderas celeste y blanco de Guatemala, más que de grupos particulares. Nadie se quiere llevar el show mediante competencia de discursos. Más aún, no hay discursos. Cada quien va con sus peticiones impresas, inclusive de forma sencilla en cartulina; por encima de los criterios propios, todos coinciden en cantar el Himno Nacional, que representa la unidad nacional. A La Plaza van las familias con sus niños, sin temor a la violencia. La población confía en La Plaza. La Plaza dura unas horas o igual todo un día: unos llegan y otros se van. La permanencia es voluntaria, pero las más de las veces no es corta, y representa un acto de presencia individual dentro de un acto de catarsis colectiva. La Plaza no exhibe desbordes ni actos de vandalismo, más aún, la población da agua y comida a la Policía que vela por el orden público; y, al terminar el acto, se ve a personas recogiendo la basura.

En el 2015, en el extranjero La Plaza fue puesta como un comportamiento cívico ejemplar; y, en ese momento, La Plaza fue factor decisivo para la caída del Presidente Pérez y de la Vicepresidente Baldetti, imputados de gravísimos actos de corrupción, que se ventilan en los tribunales del país.

Ahora, en el 2017 La Plaza se vuelve a llenar de nuevo pidiendo unánimemente la condena de la corrupción que no terminó con la caída del régimen del PP, sino que siguió campante. A lo largo de dos años, los guatemaltecos se enojaron al conocer, por la prensa y las redes sociales, todos los actos de una corrupción rampante; pero la gota que colmó el vaso fue un “pacto de impunidad” aprobado por los diputados el pasado 13 de septiembre. Y saltó la conciencia ciudadana, y la necesidad de acudir de nuevo a La Plaza. La Plaza es el refugio del sentir ciudadano, que no apoya a este u otro partido político (casi los detesta a todos), a uno u otro caudillo, porque La Plaza es un acto de fe individual y colectivo en una Guatemala mejor. La Plaza es la apuesta al ¡Sí se puede!

Ahora, de nuevo La Plaza rebosa de guatemaltecos pacíficos, de todas las tendencias políticas, igual blancos que negros, altos o bajos, jóvenes en su mayoría, pero también adultos y personas mayores, y mujeres y niños. Y La Plaza se ha extendido vigorosamente al interior de la república.

En La Plaza, la población exhibe ahora que quiere la salida del Presidente Jimmy Morales y de los diputados que votaron a favor del “pacto de impunidad”, así como también pide la reforma a la ley electoral y de partidos políticos, es decir un mejor andamiaje de expresión ciudadana, porque sabe que los actuales partidos políticos, con sus excepciones, fueron cooptados por el narcotráfico y el crimen organizado.

La Plaza; ¡ah, La Plaza!; qué sería de Guatemala sin La Plaza. La Plaza es un ejemplo al mundo. La Plaza es una lección histórica interna. La Plaza es una genuina expresión del sentir ciudadano. Sin una Plaza que sea reserva moral del país, Guatemala quizá ardería en hechos de violencia y vandalismo, porque no habría un canal de desborde de la rabia individual y colectivas. Mientras no cambié su dinámica (y esperamos que así sea) La Plaza es y será el bastión de la democracia. Los guatemaltecos podemos estar orgullosos de La Plaza. La Plaza es el último recurso para luchar por los mejores intereses patrios, en este caso concreto, contra la corrupción. Cuando se escriba la historia de hoy, La Plaza tendrá los mejores elogios de propios y extraños. ¡Viva La Plaza! Esa Plaza pintada de banderas celeste y blanco. ¡Viva Guatemala!

gasturiasm@gmail.com

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