Sábado 17 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Barba Azul

Viaje al centro de los libros.

— Méndez Vides
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La literatura en lengua francesa está poblada de notables autoras, que además de ser sensibles a los sentidos expresan una formación lógica admirable, con preparación académica por encima del promedio e inteligencia proverbial. Algunos ejemplos tutelares son Marguerite Yourcenar (1903-1987), Marguerite Duras (1914-1996), Simone de Beauvoir (1908-1986), y podríamos añadir a Colette (1873-1954), la visceral, entre tantas. Ellas son la escuela que antecede a la popular Amélie Nothomb (nacida en Japón en 1967, hija de embajador belga), con ya más de 20 novelas publicadas hasta el momento, y que según dice, solo publica una de las tres novelas que escribe cada año. Sus novelas son cortas, pero sabrosas por el decir, por la cultura que rebalsa, por el ojo capaz de detenerse en detalles y el fino ingenio.

Su Barba Azul es un jugueteo publicado en francés en 2012, basada en el cuento clásico de Charles Perrault, que ella interpreta. El argumento es apenas la excusa para dejar que su prosa fluya, se suceda el diálogo entre personajes educados y civilizados, donde el criminal es Elemiro Níbal y Milcar, un aristócrata español viviendo encerrado en su castillo en París, con un cuarto oscuro prohibido a las coinquilinas que al ingresar curiosas mueren congeladas para que el hombre que las ama les tome una fotografía, una sola, con la expresión del terror. La protagonista es Saturnine, quien hace el papel de la joven mujer independiente, que no se deja dominar y acude a la entrevista para rentar por una mínima cantidad una lujosa habitación en el castillo del ogro de la historia infantil. El aristócrata español no sale nunca a la calle, y ha tenido ocho coinquilinas previas desaparecidas. Todos murmuran que algo malo sucede, pero igual acuden en tropel atraídas por el misterio. Saturnine comprobará la intuición colectiva, sin temor, atraída por la dinámica, vivirá la experiencia sin perder nunca el control, hasta cuando en contra de toda razón principia a sentirse atraída por el hombre misterioso que se dedica a leer actas de la inquisición, quien la conquista con su admiración por el oro y aprende con ella a disfrutar del champagne, que es oro líquido, seduciéndola con el lujo, con la comodidad, con la reflexión brillante. La cena de cada noche es una sorpresa y la conversación desliza más allá de la razón. El final se va tejiendo como la falda dorada que él cose para ella. Lo imprevisto no se encuentra en el argumento, sino en el detalle.

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