Viernes 16 DE Noviembre DE 2018
Opinión

El Soberano habló, alto y claro

Presidente de la división nacional.

 

— Edgar Gutiérrez
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La soberanía de la Nación radica en el pueblo, que la delega a sus representantes en el Congreso y la Presidencia de la República. Eso dice nuestra Constitución, y lo está haciendo valer la gente desde hace poco más de dos años. El presidente Jimmy Morales y 107 diputados –de derechas, izquierdas, indefinidos, ladinos, “criollos” e indígenas, corruptos y no tan corruptos, quizá algún honesto, abusivos y amables– defraudaron de manera insultante la semana pasada la confianza del pueblo, que les fue depositada en 2015, y ayer se los reclamó masivamente, incluso más alto, más claro, y en toda la República, como nunca.

En 2015 el pueblo venció el miedo y rompió la indiferencia, incluyendo su zona de confort, tras décadas de repliegue en plena democracia. Ayer, el pueblo fue más allá y derrotó el divisionismo y la oscura intención de ideologizar la lucha contra la corrupción (una campaña sistemática), atribuida absurda y torpemente a una izquierda en verdad marginal, y, para decirlo correctamente, la menos organizada e incidente de Latinoamérica, y no libre de malos manejos y financiamiento electoral dudoso. La lucha contra la corrupción y la impunidad no tiene bandera partidaria ni signo ideológico, como se demostró otra vez ayer.

Jimmy Morales dijo el martes 18 en la Asamblea de la ONU que él era símbolo de la unidad nacional, pero en esta crisis, que él mismo hurgó, en realidad se ha convertido en la expresión de la división nacional, con el apoyo (o apoyándose en) unos onerosos net center

–aficionados de la desinformación y difamadores sin vergüenza–, los canales de la televisión abierta y la inmensa cadena radial, que tiene prestados por el pueblo el mexicano Ángel González (a propósito de extranjeros que sí dividen y confunden a la población, haciéndose multimillonarios) y el alcalde Arzú, ahijado de aquel, que alguna picadura oculta tendrá para hacerse invitar de manera tan beligerante a una fiesta de mafias, como la que celebra Jimmy Morales con su puñado de diputados, sus amigos alcaldes y uno que otro empresario radical.

Ayer la sociedad guatemalteca dio una lección de ciudadanía excepcional, que pocos países, con más cultura democrática en el Hemisferio, pueden presumir. Y hay que advertir que esas movilizaciones no expresan triunfo alguno de las izquierdas, ni derrota de las derechas (y de algunas izquierdas clientelares y pegadas al pasado). Vi en la Plaza cómo un personaje quiso, con micrófono en mano, dirigir a las masas, y la respuesta educada de la gente consistió en cantar a todo pulmón el Himno Nacional, y al autopropuesto orador no le quedó alternativa que seguir el coro.

Si la derecha y el empresariado organizado no entienden el momento, tampoco la izquierda, en su mayoría, lo sabe interpretar. Claro, su peso en la toma de decisiones es desigual, pero su cultura política es básicamente la misma, anacrónica. No estoy haciendo un ataque a las ideologías, ni a grupos en particular. Hago una crítica de las elites por su analfabetismo de Historia. No saben leer el momento ni la necesidad de cambio que reclama el pueblo. Ahora las cartas están echadas. A Jimmy Morales le salió, por segunda vez consecutiva, muy mal su viaje a Nueva York. Quedó mal y dejó mal a Guatemala. Las delegaciones entraron a la Asamblea General con una preocupación regional, Venezuela, y salieron con dos, Venezuela y Guatemala. En las 48 horas que transcurrieron entre que Jimmy Morales llegó a la ONU y dio su discurso, perdió tres ministros clave para el equilibrio de poder. Y se cayó el velo.

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