Domingo 9 DE Diciembre DE 2018
Opinión

¿A dónde vamos?

El camino a seguir depende de a dónde queremos llegar.

— Carol Zardetto
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 Alicia estaba perdida en el extraño País de las Maravillas, donde cualquier cosa podía pasar.  Y no sabía a dónde ir.  Entonces vio un gato funambulesco y le preguntó: ¿cuál es el camino?  El gato contestó con agudeza: depende a dónde quieras ir.  No sé, replicó Alicia.  Entonces, el gato la iluminó: si no sabes a dónde quieres ir, cualquier camino te llevará.  Molesta por haber sido tomada por tonta, ella aclara, necesito un camino que me lleve a alguna parte.  Y el gato le contestó: si caminas lo suficiente, siempre llegarás a alguna parte.

La semana recién pasada en Guatemala fue como caer en ese confuso agujero que lleva al País de las Maravillas.  Las cosas que hemos oído y presenciado han sido alucinantes, como en un buen viaje de hongos.

El Presidente Morales quizá nunca soñó ser reseñado por los principales medios del mundo: el New York Times, el Washington Post, The Economist, Wall Street Journal, El Tiempo, El País, y hasta el de derecha extrema Breibart News. Todos afirmaron lo mismo: el ataque contra CICIG e Iván Velásquez revela y subraya una sola cosa: que el actual Gobierno de la República no está dispuesto a combatir la corrupción.  Todo lo contrario.  Por lo que se ha visto, lo que sí está dispuesto a liderar es una alianza entre todos los sectores que se sienten afectados por el trabajo de la CICIG y su profundo efecto sobre la estructura corrupta del país.  ¡Qué dudoso liderazgo el que ha emprendido!  Allá afuera, lejos del País de las Maravillas, las cosas no están distorsionadas.  El mundo lo ve claro y no hay manera de ocultarlo.

Pero en esa realidad aparte en qué se ha convertido Guatemala, el miedo se ha llevado a mucha gente en un viaje de alucinaciones. Nos urge hacer un alto ya. Y con serenidad preguntarnos, ¿a dónde vamos?  Para empezar, resulta inexcusable para cualquier persona decente atrincherarse detrás de la defensa de la corrupción.  No es posible proteger la institucionalidad del país y, al mismo tiempo, defender la impunidad para los actos de corrupción. También resulta incoherente defender al Presidente de la República por sus actos en contra de la CICIG y de Iván Velásquez.  Sus justificaciones son terribles: todas apuntan a su deseo de presionar al MP diciéndole a quién debe o no investigar, presionar a los jueces indicándoles cuando deben decretar medidas de prisión preventiva. Intervenir en la política criminal, o en los fallos judiciales no es permitido al Ejecutivo y menos aún cuando quien lo preside está siendo investigado por actos que, conforme a las leyes de la República son constitutivos de delito. De hecho, presionar a otros poderes e instituciones es delictivo en sí mismo. ¿Queremos volver sobre nuestros pasos y regresar al lodazal de donde venimos? ¿Cuál es el camino?  Depende a dónde querramos llegar.

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