Viernes 16 DE Noviembre DE 2018
Opinión

No es la naturaleza la responsable

2 de septiembre del 2017.

— Roberto Blum
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La ciudad de Houston, en el estado de Texas, fue gravemente afectada por las aguas que arrastró el huracán Harvey hace una semana. Treinta y ocho personas han fallecido como consecuencia directa de la inundación. Los daños materiales han sido cuantiosos. Se calcula que unas cien mil viviendas fueron dañadas o destruidas. La infraestructura urbana –drenajes, carreteras y puentes, redes de distribución eléctrica, plantas potabilizadoras– no resistió el embate de los trillones de galones de agua que alcanzaron al área metropolitana. Se estima que el costo económico podría alcanzar los cien millardos de dólares.

La ciudad texana es la cuarta más poblada de los Estados Unidos. Su crecimiento demográfico ha sido espectacular. En el área metropolitana la población llega a los 6.5 millones de personas. Houston es asimismo una ciudad extraordinariamente rica. Su producción anual de bienes y servicios supera los quinientos millardos de dólares. Unas cien mil familias residentes tienen ingresos superiores al millón de dólares anuales. Después de la crisis que la afectó en los años ochenta, Houston recobró su crecimiento sobre la base de las ventajas comparativas que posee: el petróleo y las refinerías, el mayor complejo médico-hospitalario del planeta, una desarrollada planta industrial petroquímica y su puerto marítimo en el Golfo de México. Sin embargo, son todas estas características las que explican el desastre humano y económico que hoy está sufriendo.

Del otro lado del mundo –en Nepal, la India y Bangladesh– también se han presentado graves inundaciones, provocadas por el monzón, un viento estacional que en verano lleva fuertes lluvias al subcontinente indio. Este singular fenómeno meteorológico es al mismo tiempo una bendición y una maldición para millones y millones de habitantes de esas tierras. La agricultura sigue siendo la base de sustento de las poblaciones de dichos países. Alrededor de dos terceras partes de sus 1,500 millones de habitantes, unos 990 millones, siguen ligados a la producción agrícola. En la temporada actual del monzón han perdido la vida más de 1,700 personas y un número superior a los 15 millones han sido desplazadas de sus lugares de residencia.

En lo que va del siglo actual, las inundaciones han provocado extraordinarios daños humanos y materiales en casi todas partes. Por ejemplo, el año 2000, en Europa se presentaron torrenciales lluvias e inundaciones en la República Checa, Austria, Alemania, Eslovaquia, Polonia, Hungría, Rumania, Croacia y Rusia. En total, alrededor de 250 mil personas se vieron directamente afectadas y los daños económicos se estimaron en veinte millardos de dólares. En el 2005, el huracán Katrina mató a 1,193 personas en la región alrededor de la ciudad de Nueva Orleans y el hecho costó unos 60 millardos de dólares. En el 2008, el desbordamiento del río Irawadi, en Myanmar (sudeste asiático), causó una fuerte inundación, que afectó a unos 2.4 millones de personas, de las que 146 mil fueron muertos o desaparecidos. En el 2010, Pakistán sufrió las más graves inundaciones de su historia. La catástrofe natural se llevó la vida de más de 1,500 personas, mientras más de 20 millones de ciudadanos se vieron obligados a abandonar sus hogares completamente destruidos.

Parecería que la severidad de los daños de las inundaciones recientes responde a la existencia de crecientes poblaciones asentadas en territorios sujetos a estos fenómenos naturales. Las grandes concentraciones humanas en las planicies costeras, cerca de donde los ríos desembocan en el mar, hace prácticamente inevitable este tipo de desastres.

Si queremos disminuir las desgracias y el dolor que la naturaleza desbordada provoca, habrá que evitar en lo posible los asentamientos poblacionales en zonas peligrosas. Los gobiernos tienen la responsabilidad subsidiaria de establecer las regulaciones indispensables para evitar que los individuos, por ignorancia o imprevisión, se pongan en situaciones de peligro mortal. El costo de estos terribles desastres, sin duda, lo pagamos todos.

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