Martes 11 DE Diciembre DE 2018
Opinión

Guatemala en crisis y el Cristianismo

Mi solidaridad con José Rubén Zamora.

 

— Fernando González Davison
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Como el universo nuestra sociedad tiene mucha materia oscura. No puede decirse otra cosa después del horror del miércoles en el Hospital Roosevelt. Nuestro sistema político alimenta a los que han condenado nuestra sociedad. Pero no hay que quedarse de brazos cruzados. Miro con optimismo en la niebla la tarea de la CICIG en la lucha contra ese mal, donde Iván Velásquez ha venido auxiliando a Thelma Aldana con éxito. Dijo él que “Los poderes ocultos serán derrotados”. Su labor quijotesca, a la luz de los hechos criminales reiterados que nos tienen en shock, exige algo más que un apoyo moral de la gente.

Debemos ser parte de esa transformación, empezando por exigir a esa clase política que dirige los destinos de esta sociedad que deje de saquear el Estado con la irresponsabilidad e incompetencia que se caracteriza. Y exija un gran cambio ministerial total para que las fuerzas civiles y campesinas participen en el gabinete y orienten a esta presidencia incapaz, no con desayunos fútiles de oración, sino lanzando una cruzada nacional contra la corrupción. Las reformas constitucionales las engaveta el Congreso, pero aprobó de manera express una consulta popular para decidir nuestro reclamo con Belice y distraer la atención. Acá las prioridades importantes se engavetan sin ningún liderazgo oficial contra la corrupción, pues siguen los mismos.

La unidad se hace necesaria para salir de ese mal de esa minoría que ha capturado nuestro Estado y democracia en su beneficio junto a sus redes civiles y uniformadas. La unidad popular tiene un credo común que nos sustenta en esta nuestra tierra. Si bien el Estado es laico, la feligresía es parte de la sociedad: los que dirigen a los cristianos tienen la obligación algo más que apoyar el statu quo y dejar de ser cómplices de la avaricia del gobierno de turno. Nuestra sociedad cristiana debe liberarse de la materia oscura que la ahoga.

La médula del cristianismo tiene sus orígenes cuando los apóstoles se desparramaron a pedido de San Pablo en distintas direcciones en el mundo romano en las costas mediterráneas. En Grecia y el mundo helénico tuvo auge. Allí la base social del cristianismo primitivo difundió la buena nueva entre judíos y gentiles. Pedro en Roma y provincias aledañas. Se congregaban y hacían memoria de Quien se sacrificó para salvar a los hombres. Los líderes cristianos de hoy tienen que ser actores de una nueva ética y filantropía, como sacrificarse por su barrio y pueblo. En Grecia el cristianismo incorporó a su credo a Sócrates, Platón y Aristóteles: la lógica, el alma, el bien y el mal. Hablaron de ese Dios Desconocido que se revelaba en el nous, en la mente, que se transforma en el Espíritu Santo para sus adeptos. El bien contra la ceguera egoísta de no actuar. En los primeros siglos se estructuró la red cristiana perseguida y signada por los mártires, donde las catacumbas fueron refugios, escuelas y primeros templos. Allí la educación dada por presbíteros y episcopados actuando para cuidar a su feligresía perseguida por las armas del imperio, con cauda de miles mártires.

Ahora hay que seguir sus pasos por el bien de la sociedad. No se trata de discutir, como en esa época, si se incorpora o no al Nuevo Testamento la Biblia hebrea al canon cristiano. Se trata del actuar del cristiano en tiempos de crisis ante el acecho del mal que es nuestra clase política. Las iglesias no pueden ser indiferentes y solo orar: deben dirigir sus presbíteros una cruzada contra la corrupción porque es la causante de nuestra inseguridad, pobreza y maldad. Deben orientar la vida por una nueva sociedad. No estamos solos. El mundo está en crisis. Nosotros tenemos que salir de la nuestra con el apoyo internacional, que el mundo es uno. Vamos con Iván por el Premio Nobel de la Paz.

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