Jueves 18 DE Julio DE 2019
Opinión

El poder “SATánico”

Hasta dónde el caldo sale más caro que los frijoles

Fecha de publicación: 04-08-17
Por: Rodolfo Neutze

 Un actor fundamental en esta primavera judicial anticorrupción que estamos viviendo en Guatemala ha sido la SAT como brazo recaudador del Estado y el más importante proveedor de los fondos encaminados a alcanzar el bien común. Con mucho agrado hemos visto que gracias a los buenos oficios se han logrado recuperar fondos que algunos malos guatemaltecos habían sustraído para su bien personal y que nos pertenecían a todos. Nadie puede estar en contra de que un pícaro devuelva lo que no es de él, menos si eso implica que esos fondos pudieron haber sido usados para salud y educación pública.

El origen de la SAT y su conformación fue para lograr un objetivo específico: aumentar y objetivizar la recaudación fiscal para que luego de la firma de la Paz pudiéramos lograr el país que queremos sin tener que depender de las limosnas internacionales. Sin ser experto en la ley que le dio vida estoy cien por ciento seguro que el espíritu allí plasmado es precisamente darle independencia y claridad a un tema tan importante y certero como el que es pagar impuestos. Como única medición de efectividad a la SAT se le puso el monto de recaudación nominal y su relación al PIB. Fácil de medir, pero a mi juicio muy limitado estándar. Seguro que hay que recolectar más impuestos, se puede lograr cobrándole más a los mismos o cobrándole lo mismo pero a más personas. Acá no necesitamos una opción o la otra, necesitamos una combinación de ambas.

Guatemala no saldrá nunca de su polarización si seguimos alimentando ese sentir que solo “unos” pagan impuestos y la mayoría piensa que pagan muy poco. Todos debemos aportar nuestra parte estando cien por ciento seguros que la misma ley que nos obliga a hacerlo también nos protege de los abusos que puedan existir. Pongo un ejemplo que conozco. Hace más de siete años un inspector de la SAT hizo un reparo en una empresa por unos impuestos que él consideró no se habían pagado bien. Los directores y funcionarios de la misma consideraron que era un tema de mala interpretación y se opusieron al proceso, iniciando un trámite legal correspondiente. Luego de este tiempo y después de más de dos amnistías fiscales a las que tuvieron acceso y que nunca utilizaron por la certeza que la razón estaba de su lado, este año decidieron ceder y se acoplaron a la actual. ¿Por qué el cambio de opinión? Porque hoy, aunque se reconoce la mejoría en el trabajo que realiza la SAT, no se le percibe como objetiva y justa. En su labor de aumentar únicamente la recaudación, la SAT parece haber perdido parte de su objetivo de transmitir certeza al contribuyente para que tribute con la confianza que puede, en ley, rebatir y hacer valer sus derechos. El miedo y el riesgo de que exista una condena “social” aunque no sea legal hará que muchos paguen impuestos que no les tocaban, sintiéndose extorsionados. Subirá la recaudación nominal, ¿pero qué va a pasar cuando se acaben los reparos o las cuentas viejas? Lo peor que nos puede pasar es que precisamente las buenas intenciones de las autoridades nos estén empedrando el camino a un infierno donde el sentir ciudadano es que depende de la persona que dirija la SAT así se pagan los impuestos. No podemos perder ese peso y contrapeso que toda decisión pública debe tener. Nos urge que la objetividad y la institucionalidad sean igual de importantes que la recaudación en los planes a futuro de la SAT.