Domingo 24 DE Marzo DE 2019
Opinión

Nuestras artes a mitad del siglo XX

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— Fernando González Davison
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A fines del siglo XIX, tras expropiar las tierras indígenas durante el gobierno de J.R. Barrios y decretar su servidumbre como se hizo en el continente, la revolución industrial quebró a miles de artesanos europeos que migraron a América. Pero renació el arte de la Grecia antigua y alumbró el Parnaso francés guiando las artes. Darío y Gómez Carrillo fueron absorbidos en ese élan. Acá, el Teatro Carrera, luego llamado Colón, mantuvo una buena sinfónica y clases de pintura.

El presidente Reina Barrios diseñó “La Tacita de Plata” y replicó algunas novedades de París en la capital, construyendo palacetes y bulevares en la avenida Reforma, importando pinturas y esculturas.

Tras su muerte en 1898 asumió la presidencia Manuel Estrada Cabrera, intelectual orgánico de la oligarquía cafetera. La defendió y abrió campo a la United Fruit. Vino Jaime Sabartés, amigo de Picasso, y promovió a noveles pintores en 1910 como Carlos Mérida, Rodríguez Padilla y Carlos Valenti. Tras los terremotos de 1917 y la caída del dictador Estrada Cabrera, ya terminada la Primera Guerra Mundial, se fundó la Academia de Bellas Artes en 1920. Sus maestros estimularon a los jóvenes a ir al exterior como los escritores Asturias y Cardoza, presos del surrealismo parisino. El arquitecto italiano Guido Albani guio la reconstrucción de una capital sin palacios ni teatro, mientras los generales tomaron el poder hasta 1944 bajo la bandera del Partido Liberal. Los que se quedaron acá, tomaron el camino del folclor, del indigenismo, sea en novela, en pintura, con una visión a veces romántica del indígena depauperado, como parte del orden natural, del paisaje, mientras Asturias y Cardoza en París lo volvieron surreal, Mérida explorando en México.

José Vasconcelos realzó el pasado precolombino para integrarlo a la identidad nacional en un México revolucionario, pero su indigenismo luego fue criticado. Entretanto, el general Jorge Ubico desde 1931 puso un muro ideológico a la frontera para contener la reforma agraria azteca y la influencia de Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros y Rufino Tamayo. Eso generó tensión pues la pintura local, que resaltó un mundo feudal inmutable sin historia como la naturaleza, como si los nativos del altiplano se resignaran a su pobreza. No se pintó su alcoholismo ni el triste papel de las licoreras. Flavio Herrera escribió Guayacán, Rodríguez Macal, El Pájaro Serpiente, Monteforte Llegaron del Mar. Hay un mundo natural ajeno a lo social de Humberto Garavito, Antonia Matos, Antonio Tejeda, Ovidio Rodas, M.A. Ríos, Valentín Abascal, Hilary Arathoon, Jaime Arimany, Salvador Saravia, Carmen Pettersen. Sus bellos óleos y acuarelas pintan montañas y seres vestidos con tejidos que esconden esa tensión que Gálvez Suárez va a mostrar en los murales del Palacio Nacional: El choque sangriento de la Conquista en plena Segunda Guerra Mundial. Él tuvo de maestro al español Justo de Gandarias. Rafael Yela Günther comenzó a dirigir la Academia en los años cuarenta y tomó fuerza la pintura azteca en la generación del Cuarenta con la Revolución del 44: allí Rina Lazo, Mario Alvarado Rubio, Max Saravia Gual, José Luis Álvarez por un lado, y por el otro, Grajeda Mena, Dagoberto Vásquez, Roberto Ossaye, J.A. Franco y el gran Roberto González Goyri, Mérida viendo el proceso desde México, mientras M.A. Asturias editaba El Señor Presidente. Siendo presidente Juan José Arévalo, resurgió la sinfónica, el ballet nacional… Árbenz siguió y quiso devolver las tierras expropiadas por Barrios al campesinado, los artistas estando con él.

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