Domingo 18 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Todos pierden, nadie gana

En Guatemala se ha consolidado una cultura de huir de los problemas, dejándolos pasar hasta que hagan crisis

 

— Manfredo Marroquín
Más noticias que te pueden interesar

Guatemala parece estar envuelta en un juego perverso de perinola que solo tiene dos caras: todos pierden o en su defecto nadie gana. Las semanas transcurren en medio de noticias que confirman el reciclaje de los mismos problemas sin solución, simplemente un cambio de caras y modales que al final terminan por confirmar que el país sigue atrapado en un juego de suma cero.

El nuevo amotinamiento en el centro de rehabilitación para menores Las Gaviotas, el nombramiento de funcionarios cuestionados al frente de instituciones estratégicas, la parálisis que agobia la administración pública, el resurgimiento de los enfrentamientos armados en San Marcos en la zona de cultivo de amapola, la presentación de nuevas y controversiales iniciativas de ley por parte de diputados, la suspensión temporal de la principal operación minera en el país, pintan un cuadro de país de aspecto dantesco donde cada nueva pincelada abona al caos y la conflictividad.

Ningún problema se resuelve, en definitiva, todo se aplaza para un después y cada gobierno entrante se asemeja a un puesto de pinchazo, uno de esos negocios donde se reparan llantas que tarde o temprano volverán a necesitar un nuevo remiendo. Si examinamos cada uno de los temas descritos en el párrafo anterior, todos son reciclados y vuelven a aparecer potenciados por la carga de tantos años que llevan acumulándose.

Buscando entender lo que nos diferencia de otras sociedades que han alcanzado estadios superiores de calidad de vida, en un viaje por países nórdicos pregunte a ciudadanos comunes cómo explicaban ellos el nivel de desarrollo alcanzado y la respuesta más repetida era su obsesión por resolver problemas. Desde lo más trivial en cualquier barrio como por ejemplo qué hacer con un perro que anda suelto, hasta temas más complejos como el tratamiento de desechos sólidos, los ciudadanos nórdicos se involucran en la discusión y solución de los problemas.

En Guatemala se ha consolidado una cultura de huir de los problemas, dejándolos pasar hasta que hagan crisis, y cuando estallan de nuevo, de vuelta la solución es mandarlo a la cola para ser resuelto en un futuro. Ni siquiera las autoridades nacionales que son las responsables de asumir responsabilidades gustan de confrontar los problemas, defiriéndolos para un futuro que cada vez se ve más incierto.

Haber dejado pasar lo que en su momento era un tema importante como lo es la reglamentación del Convenio 169, por poner un ejemplo, está cobrando una factura altísima. Ningún proyecto, sea hidroeléctrico o minero, estaría sujeto a la incertidumbre actual, si en su momento desde hace tres gobiernos, se hubiera asumido la responsabilidad de desarrollar el reglamento respectivo.

La cultura del “dejar pasar”, convirtió al país en un campo minado, cualquier paso o movimiento en cualquier dirección representa una detonación de conflicto. El haber optado por la comodidad que brindaba no asumir los compromisos adquiridos como es el caso del convenio en mención, solo provoco más ingobernabilidad y un país poco o nada atractivo para hacer inversiones.

Recuerdo también haber leído el primer estudio sociológico sobre la aparición de las maras a mediados de los años ochenta, donde se advertía la amenaza que representaba para la sociedad no hacer nada para frenar la asociación de jóvenes en pandillas, cuando no encontraban oportunidades de estudio, distracción u ocupación laboral en sus barrios. Nada se hizo durante los siguientes años, y hoy la juventud sigue igual o más vulnerable a la violencia que provocó la desidia cultural de diferir los problemas para un futuro que cada vez es más oscuro.

Etiquetas: