Martes 25 DE Septiembre DE 2018
Opinión

El reino de la ilegalidad

A nadie le gusta estar con los débiles.

— Méndez Vides
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La admiración de la juventud, en las circunstancias actuales, se orienta a los nuevos ganadores, porque a nadie le gusta estar con los débiles, y menos en el mundo del instante, sabiendo que pronto vamos a morir, y que no hay futuro. El debate es sobre si vivir lujosamente por un breve período de tiempo vale más que una vida larga y trágica.

Los narcos han creado un sistema de apariencias que seduce con sus muñecas artificiales, mujeres hechas con cirugía plástica, llenas de añadidos que borran la naturalidad del cuerpo, mostrando sus exuberancias falsas de vida breve, entre ropa trincada y zapatos coloridos de tacón alto. Se prestan entusiasmadas al drama de la anulación de su verdadera identidad a cambio de formar parte del harem para el ocio de algún comerciante de productos no permitidos, que no paga impuestos y permite la anulación de la conciencia de quienes se aburren en los países desarrollados, porque quizá solo así se sientan vivos, y porque para todo necesitan estimulantes. A los poderosos narcos no los tocan ni los persiguen, ni la sociedad los bloquea, ni las oenegés piden amparos en su contra. Exportan y trafican drogas, y la organización social hasta los defiende.

También se admira a quienes ponen negocios exitosos ilegales, como las ventas descaradas de películas pirata, que son un imperio. Hay sitios en donde se ve llegar los domingos a las familias salidas de misa, congregadas para comprar la diversión de la tarde, mientras se toman una taza de atol, muy a lo chapín, y disfrutan de unas tostadas con guacamol o frijoles. Es tan normal la piratería, aceptada hasta por el cura de la parroquia. El negocio se levanta, vuela, la ganancia permite comprar tierra, casas, invertir en lo lícito menos rentable para lavar, y los muchachos que desvarían esperando una oportunidad de trabajo voltean a mirar con admiración al dueño del changarro, porque es un exitoso emprendedor, un modelo a imitar. Las oenegés no bloquean la piratería.

Aquí se admira a los corruptos, tal y como hemos visto la reaparición de Alfonso Portillo, el expresidente condenado, que cada vez que se anuncian elecciones es solicitado por los partidos garra para que los ayude a conseguir votos. Admiran al gallo, y para asombro fuera de toda lógica, parece funcionarles en las urnas, y es la estrella de grupos considerados populares, que admiran el mito de Robin Hood.

A quienes no se admira es a la autoridad, ni a quienes tuvieron poder en el pasado. Estamos en el siglo del cierre de la producción legal, proclamando la liberación de las drogas, para vivir el sueño como mendigos de los países desarrollados en nuestra tierra hipotecada.

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