Lunes 10 DE Agosto DE 2020
Opinión

De la soberanía nacional

Ya no es viable la soberanía oligárquica.

 

Fecha de publicación: 29-06-17
Por: Edgar Gutiérrez

En nombre de la soberanía nacional Árbenz se enfrentó a Peurifoy, que acabó tumbándolo. Para quienes retomaron el poder en 1954 se había recuperado la soberanía que el comunismo trató de arrebatar, y el rol de Washington fue insignificante. En nombre de la soberanía la guerrilla asesinó a sangre fría en 1968 a Gordon Mein, que supuestamente patrocinaba a la contrainsurgencia. En nombre de la soberanía Lucas maltrató a Frank Ortiz, el embajador de Carter, “Jimmy Castro” para la ultraderecha, por su política de derechos humanos. En nombre de la soberanía una veintena de diputados y un puñado de fuertes empresarios trataron, infructuosamente, de declarar persona non grata a Todd Robinson, y promover su destitución en Washington.

Al cabo, ¿qué es la soberanía? Estrictamente, no más –ni menos– que el derecho de los pueblos de establecer libremente su condición política y proveerse a sí mismos su desarrollo. Para ese efecto –dicen los pactos internacionales– los pueblos disponen de sus riquezas y recursos naturales, y en ningún caso se les podrá privar de sus propios medios de subsistencia. Justamente el Estado de Guatemala –reza nuestra Constitución– se organiza para proteger a los habitantes de su territorio y garantizar su vida, libertad, justicia, paz y desarrollo.

La soberanía implica autoafirmación y autodefinición para ejercer derechos internos y externos de libre determinación. En Occidente la soberanía pasó del monarca al Estado, de los habitantes a los ciudadanos y de estos a la Nación. La soberanía nacional brota del pueblo y fundamenta la autodeterminación y libre determinación, fuente del Estado de derecho. En nueve de cada diez naciones modernas en el mundo, la soberanía se edifica sobre más de una etnia o un pueblo.

La soberanía es un proceso sociopolítico mediante el cual los pueblos que integran la Nación se van reconociendo en su diversidad, y factores de identidad y pertenencia. Ese proceso se refleja en las instituciones políticas, sociales y económicas, sin negar ni reducir a los pueblos. Guatemala está atravesando críticamente ese proceso de construcción de soberanía, tratando de fundar un Estado de derecho universal (igualdad ante la ley), justo (legítimo, aceptado) y solidario (integra, no excluye).

En esa crisis de segunda modernidad en la globalización, se reclama soberanía. Pero ya no es viable la soberanía oligárquica (con lo cual aludo a una tradicional concentración del poder y sus beneficios, y un estilo arbitrario cuasi-feudal de su ejercicio). Tampoco son sostenibles los proyectos autoritarios y totalitarios, como se ve en la efervescencia venezolana.

El Estado de Guatemala firma cuanta convención internacional le ponen enfrente, sin conciencia plena de los derechos y deberes que adquiere. Cuando es parte de la Convención de Derechos Humanos, abre la sombrilla para que el mundo entre, ayude y juzgue su propio actuar respecto de sus ciudadanos y pueblos. Lo mismo aplica a convenciones sobre Niñez, Corrupción, Crimen Organizado, Pueblos Indígenas etcétera. Ya no es injerencia, es soberanía compartida, son salvaguardas ante terceros para el efectivo cumplimiento de los Artículos 1 y 2 de su Constitución frente a sus ciudadanos. Que en este planteo hay bemoles, es cierto, pero más cierto es que una sociedad con anomia es incapaz de ejercer soberanía y no puede reconocer sus liderazgos.