Lunes 23 DE Octubre DE 2017
Opinión

El plan de infraestructura, una de tres partes

Los Presidentes de la región, deberían ser los líderes promotores del proyecto pero son más actores de reparto.

 

— Richard Aitkenhead Castillo
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Esta semana se reunieron en Miami, Estados Unidos, representantes políticos, financieros y empresariales que tienen un peso significativo sobre la región del Triángulo Norte de Centroamérica. Los Presidentes de los países centroamericanos, el Vicepresidente de EE. UU., el Presidente del BID y muchas otras personalidades se comprometieron a reimpulsar la Alianza para la Prosperidad. Una buena señal.

Para Washington era una reunión importante. Fue la oportunidad de dejar en claro que su agenda en la región se mantiene. La forma de reiterar que la seguridad interna es el centro de los intereses norteamericanos en la región. Por seguridad entienden el combate al terrorismo, al crimen organizado transnacional, el control del narcotráfico y la reducción de la migración no deseada, especialmente de menores de edad. Incluyeron, además, a México para tener presión adicional sobre la región. Lo demás del evento, algo de prácticas de buen vecino.

Los Presidentes de la región, deberían ser los líderes promotores del proyecto pero son más actores de reparto. Tal vez, un programa demasiado enfatizado en intereses norteamericanos y menos en términos de los proyectos de financiamiento deseados. El plan, desde el inicio, incluye cuatro componentes diferentes: dinamizar el sector productivo; desarrollar el capital humano; mejorar la seguridad ciudadana y el acceso a la justicia; y, fortalecer las instituciones.

Los empresarios llevaron, por fin, una iniciativa más proactiva, proponiendo un plan de infraestructura que revierta la precaria situación de la infraestructura vial y el deterioro del esquema de logística nacional e internacional. Una manera de buscar que el enfoque fuese más integral, con énfasis en seguridad, pero complementado con plan de infraestructura agresivo. Un avance en la dirección correcta. Menos resistencia y más propuesta.

El ausente, sin embargo, sigue siendo el plan de combate a la pobreza extrema y la desnutrición. Aquí, con tristeza, se confirma la falta de sentido de urgencia de nuestras elites. Está claro que estos niños y niñas viven en el olvido, y que nos parece suficiente pensar que la desnutrición puede resolverse en unos veinte o treinta años. A qué costo es la interrogante. Seguimos sin sentido de urgencia. Se necesita un aporte nacional adicional, de las personas que no viven en pobreza, como solidaridad con el resto de la niñez guatemalteca. Un programa no liderado por el sector público, sino de toda la sociedad, que en forma descentralizada y con participación ciudadana, ponga un alto a la desnutrición crónica infantil.

Es momento de avanzar en un plan con tres ejes: lograr un balance entre la agenda de los Estados Unidos, en lo que respecta a la lucha contra el crimen organizado y la impunidad; el impulso a la Alianza para la Prosperidad con fuerte participación de gobiernos e instituciones financieras internacionales, con el énfasis en el plan de infraestructura solicitado por el empresariado; y, el plan agresivo contra la desnutrición crónica y la reducción acelerada de la pobreza extrema, financiada por los no pobres. Un plan urgente e importante.