Lunes 19 Junio 2017
Opinión

Descuidar el arte de la política

Meses de tormenta y desenfreno personal

 

— Édgar Gutiérrez

La política, no solo la política, los negocios, el amor, las relaciones humanas en general, son pasiones, no solo actos fríos y calculados. Quien quiera explicar la Historia como resultados de planes y estrategias va a dejar grandes vacíos y terminará forzando eventos y personajes. No es que el devenir sea una suma de anécdotas, accidentes y arrebatos, pues hay condicionamientos de poder y clima social, además de los estructurales. Los puntos de inflexión suelen arrancar como actos en apariencia insignificantes y solo alcanzan trascendencia si se tratan bien o muy mal políticamente.

El germen de la CICIG, por ejemplo, inició en uno de los comedores de Casa Presidencial en 2002, a raíz de una petición de José Miguel Vivanco, director de Human Rights Watch, al Presidente de la República para que ofreciese un apoyo público a los activistas de derechos humanos, bajo acoso. Guardo la tarjeta, donde imprimen el menú del almuerzo. Ahí anoté: “Formar un grupo ad hoc. El Salvador 1992. Identificar estructuras clandestinas”. Lo que ocurrió entre 2003 y 2007 es una historia más documentada, y sobre la vida de la CICIG, a partir de 2015 es otra historia de amplio dominio, que marca la historia de Guatemala de la primera mitad del siglo XXI.

Si queremos explicar lo que ocurre en el gobierno de Jimmy Morales, desde el punto de vista de su viabilidad política, el evento central lo marca la denuncia contra su hijo mayor por facilitar la simulación de eventos financiados del Registro de la Propiedad. Un delito sencillo, pero sólido como caso, en el que dos mujeres implicadas (una, la exregistradora) calculan que si denuncian al muchacho se salvarán, pues –esa es su premisa– el MP y la CICIG no se atreverán llevarlo hasta las últimas consecuencias.

A la reacción serena que el mandatario mostró en un video, acompañado de su esposa, que hizo circular en redes sociales el 14 de septiembre pasado, siguieron meses de tormenta y desenfreno personal, furia y resentimiento. Su juicio se nubló y su estado físico desmejoró. Cortó comunicación con Iván Velásquez y se lanzó a los brazos del statu quo emparentado con quienes están bajo persecución penal por diversos casos. Esa actitud impactó en la Corte Suprema de Justicia, en la integración de la Junta Directiva del Congreso y su ahora débil agenda, en el punto muerto al que entró la reforma constitucional. Morales ha refrendado su furia contra el comisionado Velásquez y la fiscal Thelma Aldana negándoles participar en el reciente acto en Miami, donde ambos son plenos y decisivos protagonistas de terreno.

El problema es que, al romper todo puente, Morales desmejora la gobernabilidad democrática. No gana él, tampoco su familia. El Congreso se estanca en conocidas aguas descompuestas. Las reformas languidecen. Tampoco es que el MP esté actuando últimamente con el mejor de los tinos, al mezclar una solicitud política de antejuicio contra Morales y a la vez presentar la acusación sobrecalificada contra funcionarios cuya responsabilidad en la tragedia Hogar Seguro es marginal. En fin, el poco cultivo del arte de la política está provocando daños desproporcionados. Y, como sabemos, en política el tiempo tampoco es neutral.