Viernes 19 DE Julio DE 2019
Opinión

“Finding Oscar”

“Pasaron 30 años y todavía no puedo olvidar”. Tranquilino Castañeda, padre de Oscar.

Fecha de publicación: 16-06-17
Por: Carol Zardetto

El conflicto armado interno de Guatemala es una caja de Pandora. Hay dentro infinidad de historias, algunas ya narradas, otras que algún día lo serán. En todo caso, Finding Oscar es una tajada del pastel completo: contiene todos los ingredientes y, por tanto, puede enseñarnos cosas… por si tuviéramos la intención de aprender.

¿Quién es Oscar? Pues es un niño guatemalteco. Tenía menos de siete años cuando sus ojos presenciaron, no una película de caricaturas, no una plática educativa, no una tierna experiencia jubilosa. Aquellos hermosos ojos verdes de Oscar (que le salvarían la vida), presenciaron la masacre de su aldea. Más de 250 muertos: hombres y mujeres desarmados, niños, recién nacidos. “Todo”, fue la lapidaria palabra que pronuncio el exkaibil cuando le preguntaron quién había muerto en las Dos Erres. Todo. Era la política de tierra arrasada y si hubo gente que comprendió qué significaba para el orden establecido esa expresión, fueron los kaibiles, sus ejecutores.

El tiempo arma y desarma telarañas complejas. Aquellos hombres que fueron utilizados para matar a gente común y corriente, para violar mujeres indefensas, para asesinar a sus maridos desarmados, para destruir cosechas, quemar casas, también era gente común y corriente. Cuando terminó la guerra, que según ellos les aseguraba una implacable impunidad, quedaron al garete. Al garete y atormentados por recuerdos funestos. Algunos lograron irse. En el formulario de migración uno de ellos declaró que nunca había pertenecido a un ejército, que nunca había participado en una guerra. ¿Para qué mentir? ¿Querría olvidar? ¿Sospechaba que algún día sus acciones serían consideradas un crimen? Su paranoia atestigua que sí: él esperaba su castigo.

En todo caso, los exkaibiles, fueron el hilo de Ariadna, un camino para el reencuentro. Oscar y Tranquilino tienen rostros idénticos: los mismos ojos verdes, la misma nariz puntiaguda, el mismo ADN. Lograron reencontrarse, gracias a ese oscuro objeto que es, para algunos, la investigación criminal. Pero, habían perdido 30 años.

Que Steven Spielberg, icono del mainstream hollywoodense haya decidido producir esta historia, difundirla por los amplios canales del mundo cinematográfico, es un paso importante para consolidar la narrativa oficial de la guerra como portavoz y reivindicación de las víctimas. Y Spielberg no es comunista.

La verdad libera y sana. Los kaibiles que confesaron sus crímenes en este caso lo comprendieron. Y este país, en su tortuoso camino para convertirse en eso, en un país, necesita abrazar la verdad y con ella, también la justicia. Y no me refiero a la justicia de los tribunales exclusivamente. Me refiero a la justicia en esa amplia acepción que nos hace humanos.