Viernes 21 DE Septiembre DE 2018
Opinión

American Psycho, una terrible novela

Nuestra naturaleza humana, producto de la evolución de la especie, es básicamente social.

— Roberto Blum
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“El presidente Trump inició su reciente viaje internacional con la clara visión de que el mundo no es una ‘comunidad global’, sino más bien una arena donde las naciones, los actores no gubernamentales y los negocios compiten continuamente para ganar ventajas para sí mismos”, afirmaban H. R. McMasters y Gary Cohn, dos de los más cercanos colaboradores del presidente estadounidense, en un artículo publicado en el periódico The Wall Street Journal.

Tal visión personal de Donald Trump explicaría en gran parte la conducta inusual y destructiva del nuevo presidente de los Estados Unidos. Si bien es cierto que los individuos biológicos, las organizaciones públicas o privadas y las naciones compiten para ganar posiciones y mejorar sus oportunidades de reproducción, supervivencia y éxito, también lo es que colaboran y cooperan constantemente con los demás. Solo nadie puede sobrevivir. “Ninguna persona es una isla, todos somos parte de un continente”, escribió en su meditación número 17 el poeta isabelino-jacobeo John Donne, en 1623.

Y no son únicamente los poetas los que han descubierto que el hombre es un ser en el que habita un espíritu solidario, altruista y empático. Los psicólogos han observado a bebés e infantes que naturalmente intentan cooperar y ayudar a quienes perciben que están en dificultades. Nuestras “neuronas espejo”, descubiertas por un grupo de neurocientíficos de la universidad de Parma, en 1996, nos permiten sentir en nosotros mismos lo que otros congéneres sienten: dolor o placer vicarios. Tales estructuras neuronales explican nuestra natural empatía.

Nuestra naturaleza humana, producto de la evolución de la especie, es básicamente social. El verdadero ermitaño, de existir, sería un monstruo, así como lo es el verdadero y completo egoísta antisocial. Este último extraordinariamente representado por Patrick Bateman, un claro ejemplo del yuppie neoyorquino, en la novela, publicada en 1991, de Bret Easton Ellis, American Psycho. Bateman, de 27 años, se siente vacío existencialmente y rechaza toda posibilidad de comprometerse sentimentalmente con las mujeres o con cualquier otra persona. Exige lealtad, pero es incapaz de darla. Rechaza el amor, pero en cierto momento de vacío existencial declara para sí mismo: “solo quiero que me quieran”; o bien podría haber dicho: “solo temo que no me teman”.

La novela no solo describe las andanzas criminales de Bateman, sino que es el vehículo de una fuerte crítica social al modo de vida de los yuppies de finales de los ochenta, resaltando sus peores aspectos: el cultivo de la apariencia a cualquier costo, el éxito económico y el poder personal como aspiración suprema, las relaciones humanas basadas en la ignorancia, la competencia feroz y el conflicto de todos contra todos. A esto podríamos agregar que el personaje vive su vida en un universo ficticio, donde no hay verdad ni mentira, y donde la realidad es la que él mismo decide que sea real.

El personaje descrito por el novelista es un joven que apenas comienza su exitosa carrera. Bien podríamos preguntarnos nosotros: ¿cómo sería ese mismo Patrick Bateman cuarenta años más tarde? ¿Habría cambiado o habría perfeccionado su monstruoso “modus operandi”?

Ojalá Bateman haya aprendido con los años que en la vida hay cosas mucho más importantes que el nudo sexo y el nudo poder. Ojalá, para su propio bien y el de todos los que lo rodean, haya aprendido también que el verdadero infierno es la destrucción provocada por la soledad egoísta y la falta de empatía.

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