Miércoles 19 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Sentido común

En realidad, “el menos común de los sentidos” según muchos escépticos de la sensatez humana.

— Armando de la Torre
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Lo traigo a colación a propósito de ese complejo psicológico de inferioridad al que ya he aludido, frente a todo lo extranjero del que parecen adolecer algunos jóvenes y viejos por lo demás personalmente muy ilustrados e inteligentes, y bajo este cielo que ha sido tan rico en héroes del espíritu y que ellos no parecen reconocer, ni se alientan por supuesto a emularlos.

Alguna deficiencia muy grave aqueja nuestro sistema educativo. Pues solo los pueblos que confían en sí mismos son capaces de crear y producir.

El “sentido común”, sea dicho a este propósito, es la suma de lo que a diario aprendemos por la experiencia, pero que no ha sido un tema prioritario en las tradiciones intelectuales y políticas para españoles, franceses e italianos, que han constituido el firme substrato de todas nuestras culturas Iberoamericanas.

Sí, en cambio, en el amplio mundo anglosajón, tanto de allá como de acá del Atlántico y aun del Pacífico.

Hasta una escuela de pensamiento filosófico emergió precisamente entre ellos a fines del siglo XVII, más en concreto en la Escocia presbiteriana, que se autocalificó precisamente como una escuela intelectual que le reconocía la prioridad al sentido común.

Nosotros, por nuestra parte, nos hemos mostrado proclives a desarrollar teorías y esquemas soñadores en exceso y demasiadamente reacios a reconocerle su importancia intelectual y moral a lo que denominamos coloquialmente como “sentido común.

A tal herencia nuestra han contribuido eminentemente los pensamientos de Platón en torno a su mundo prioritario de las Ideas ejemplares en contraste con el de las percepciones sensibles de cada día, que él rebajó al estatus de meras imitaciones imperfectas de las ideas. Un pensador apriorista, dos mil años más tarde, René Descartes, también dejó una huella parecida entre nosotros los “modernos” racionalistas latinos.

¿Por qué entre los anglosajones no ha acaecido algo similar? Al fin y al cabo también entre ellos dejaron sus huellas milenarias griegos y romanos.

De ahí, notablemente, y a diferencia de los anglosajones, que entre nosotros hayan predominado más bien los hábitos de privilegiar la alta cultura, el arte, por ejemplo, la filosofía abstracta, la ciencia especulativa y el heroísmo caballeresco, a expensas de actividades de índole intelectual inferiores y prosaicas a nuestra vista como las de la labranza, la minería, la tecnología, el comercio y aun el atletismo. No es por casualidad que de este nuestro mundo hispánico haya surgido la dualidad literaria mundialmente más excelsa encarnada en las figuras tan contrastante de don Quijote y Sancho… con obvia preferencia sentimental por los ataques heroicos a los gigantes que mientras tanto el sentido común nos advertía que eran meros molinos de vientos.

El porqué de culturas tan dispares entre sí dentro del mismo estrecho ámbito de la Europa medieval podríamos remontarlo a la Conquista de los normandos francófonos de la Inglaterra hasta entonces sajona en 1066. De ese evento histórico habrían de surgir dos clases sociales muy diferentes étnicamente entre sí que hubieron de enriquecer cada uno a su modo el acervo cultural de lo que hoy llamamos el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda y, por consiguiente, del idioma común que lingüísticamente les subyace, el inglés. De ahí, también, que los pueblos de habla inglesa de hoy proclamen ufanos que su idioma es del vocabulario más rico de todos, claro, pues para cada objeto de la experiencia diaria ellos disponen de un vocablo sinónimo de raíz germánica y por otro lado de otro más abstracto de raíz grecorromana por vía del francés de los normandos. Por ejemplo, Freedom y Liberty…

Y por este uso semántico, los términos en idioma inglés que se refieren más a lo concreto y material suelen transparentar su origen anglosajón, mientras que los vocablos pertinentes a realidades superiores del espíritu, como la justicia, la razón, la libertad, la verdad, el derecho, la ley y la humanidad se remiten a raíces semánticas derivadas del griego o, con más frecuencia, del latín.

En la medida en que la población sometida de anglosajones superaban numéricamente siglos más tarde a los aristócratas normandos, cobraron socialmente más importancia las referencias a los usos de las masas anglosajonas, por encima de aquellos otros superiores y menos rastreros patrimonio de la clase dominante francófona. Este fue la hélice sumergida que los enderezó hacia la Carta Magna de 1215 y, sobre todo, hacia la muy posterior revolución victoriosa de los whigs (liberales) sobre los tories (conservadores) en 1688.

Dentro de este último marco subconscientemente más democratizador, se dio la posterior expansión imperial de los ingleses, muy en particular en la América del Norte, en un pobre intento de imitación de las políticas imperiales de españoles, portugueses y franceses, primero a partir de Virginia, y unos años más tarde desde las cabezas de playa de Boston y de Rhode Island, establecidas por ciertos disidentes fanáticos religiosos, seguidores del austero Calvino.

Pero con una gran diferencia: la colonización en nombre del rey en Virginia fue casi un total fracaso desde sus comienzos, mientras que la más septentrional y autónoma en Boston y Rhode Island fue con los años todo un éxito, debido a esa sólida ética de los seguidores de Calvino y que conocemos como la de los “puritanos”.

A ellos hubieron de seguirles muy pronto los presbiterianos escoceses, aún más entusiastas de la libertad individual y que heroicamente constituirían por siglo y medio la vanguardia de la frontera en expansión hacia el Oeste de las colonias inglesas en América, aunque a costa de las feroces tribus indígenas en permanente resistencia dada su inferioridad armamentista.

Todo ello, la eventual cuna del “self made man in America”.

Esto es poco conocido entre nosotros los iberoamericanos y por eso hemos tenido tantos malos entendidos históricos entre ellos y nosotros.

Pues los iberos de la Conquista portaban una fuerte impronta grecorromana y no tanto esa otra vertiente germánica. Y se impusieron en el nombre de sus poderosos reyes y autoridades religiosas, creando en esta parte del mundo replicas muy parecidas a las formas autocráticas de sus reinos de procedencia en Europa. Creando otras tantas réplicas de los gobiernos de la vieja Europa en un Mundo Nuevo. La misma Conquista reforzó en ellos ese sentido de superioridad cultural sobre los pueblos asiáticos asentados desde hacía miles de años desde Alaska a la Patagonia.

Eso y parte de todo esto es la historia
guatemalteca.

Quiero añadir otro degradante de lo mismo que empezó a infectar la civilización ibérica como resultado de los triunfos de los Habsburgo hispánicos: el fenómeno social del “señoritos”, típica figura de cualquier decadencia y el sustituto burgués del hidalgo de antaño.

Se empezó a dibujar predominantemente desde la dinastía de los borbones. Los niños acomodados herederos de los éxitos de sus padres. Presencia que se hizo constante a partir de Carlos III y testigo invisible de los “horrores de la razón”, tan bien iluminados por el pincel maravilloso de Francisco de Goya. Los indolentes usurpadores del bienestar de sus padres. Pero, por lo mismo, dotados de la posibilidad de desviar sus dormidas energías hacia lo teórico y estético.

Todavía nos quedan en nuestra América algunos retratos reconocibles de ellos, por ejemplo, Fidel Castro o Salvador Allende…

Perfectos inútiles para las labores manuales y para la productividad comercial; pero por lo mismo también derrochadores de ingenio poético o musical, como por ejemplo, Rubén Darío o Ernesto Lecuona.

Esos prototipos históricos ya en gran parte han sido superados en el mundo de los hechos.

Por otra parte, el siglo XX fue calificado por Walter Lippman como “the American Century”. Y, muy a pesar de algunos nostálgicos, efectivamente así ha sido, y a nivel mundial. Hoy casi todos ya estamos “norteamericanizados”, caigamos en la cuenta de ello o no, y una consecuencia de todo ello es la tendencia universal a respetar cada vez más cualquier expresión de laboriosidad, burguesa, proletaria o intelectual.

Pues esa cultura crecida entre nuestros vecinos del Norte no se basó en la Conquista de grandes civilizaciones imperiales como la de los aztecas, los mayas o los incas. Fue más bien una migración dolorosa a través de un mar muy traicionero y muy ancho, de europeos profundamente insatisfechos con sus condiciones de vida en sus países de origen.

Tuvieron que imponerse a la naturaleza salvaje de la nada, pues nada estaba hecho y todo estaba por hacer. Desde los clavos, ladrillos, textiles, hasta carbón, agua potable y frutos cosechados de la tierra. La gloria aun no suficientemente cantada del inmigrante sencillo por todas estas tierras, norte y sur.

América del Norte, por su parte, se ha vuelto ícono mundial del espíritu osado y laborioso del emprendedor y de la acuciosidad y de la responsabilidad laboral de sus asalariados. De ahí, el inmenso respeto a los contratos que tanto les distingue.

A ello se deben logros nunca antes tenidos por posibles, tales como el Canal de Panamá, el proyecto Manhattan de la energía atómica y, más recientemente el proyecto Apolo que llevó al hombre a la Luna, o la codificación integral del ADN.

(Continuará)

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