Sábado 17 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Una gringa en la sopa

La gringa nos intentó babosear y lo único que logró enseñarnos es que el recuerdo dura más que el dolor.

 

— Amílcar Álvarez
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El final del siglo pasado nos sorprendió con una historia de amor que nadie pudo digerir. Una gringa enamorada entraba y salía en los pueblos recorriendo veredas a ciegas bajo el azul eterno de nuestro cielo, repitiendo una letanía sin pausa exigiendo que apareciera su marido, dando la impresión de que era engañada y engañaba. No dejó de asombrar que a esas alturas de la vida unos ojos educados para mirar otras realidades buscaran afanosamente un amor dividido por el mito y la ambición, convirtiendo la pasión en un drama que no le importa a las sociedades opulentas y es novedad en las de chipilín y guapinol. Nadie entendió lo que la gringa entendía, volviendo su obsesión un festival financiero buscando un best seller, un premio escondido que la obligó a dolarizar su amor por un guerrillero con un entusiasmo que lastimó a un pueblo que no le debía ni le debe nada incendiándolo en la televisión americana, un pueblo que de tanto callar y dejarse manosear parece que no existiera sobre la tierra. En esa sopa hubo intereses y voces que atizaron el juego de la señora Harbury, dueña de una historia sin horizonte que pocos recuerdan y muchos ignoran. La farsa demostró una vez más que la imaginación de los políticos no tiene límite, exhibiendo sin pudor en nombre de un amor narcotizado nuestras pobrezas, proyectadas a nivel internacional buscando un beneficio personal. El disgusto que provocó en el país se generalizó, fortaleciendo la convicción de que esos abusos no se deben permitir ni darle concesiones a la basura humana que trafica con el dolor ajeno haciendo negocios. Los fuegos artificiales que la gringa encendió en el Capitolio no apagaron el enojo de la sociedad, y harta de que manipulen a los vivos y a los muertos dijo y sigue diciendo: ¡basta!

No obstante de que el corazón tiene razones que la razón no entiende, Harbury no pudo ocultar que formaba parte de un tráfico de sentimientos por una causa equivocada, olvidando que el amor puro solo está al servicio del amor y cuando quiere, oculto en los sueños permite que la realidad lo toque con delicadeza liberando esa obsesión íntima en silencio sin dañar su aroma ni su encanto especial, único. Por suerte, todavía es imposible despertar con ruido de monedas algo tan sublime sin alterar su misterio y su belleza, y que sin hablar percibe y denuncia a tiempo las mentiras y las ambiciones refinadas. La irrupción de Mrs. Harbury en la vida nacional pasó de la expectación a la burla, destacando el suegro postizo que no se prestó al show al descubrir con la sabiduría de la humildad el tamaño de la farsa de un amor que no le cabía en el corazón, menos en las manos de alguien que no hablaba el mismo idioma. El clima pasional inventado se convirtió poco a poco en un cachondeo sirviendo para escribir un libro que no se vendió, sin obtener el premio que buscaba ni cobrar como viuda postiza la indemnización millonaria que pretendía del Estado de Guatemala. Su ejemplo con diferentes matices lo han seguido listos y listas buscando con méritos artificiales magnificar su existencia sin importarles vivir bajo el césped de la ética y de la verdad, carcomidos por la ansiedad de la fama y ganar pisto fácil. La gringa nos intentó babosear y lo único que logró enseñarnos es que el recuerdo dura más que el dolor y sabe buscar un cauce tranquilo muriendo a los pies del silencio, dejando oír sus pasos, la intensidad de su voz y el aroma del amor ausente, escondido en la realidad deshabitada para siempre. Dicen que nada cansa más rápido que el dolor, por eso el amor inmaculado que decía sentir Harbury lo desbarató el tiempo en un instante. Aquí nadie se comió el embuste, menos en la Casa Blanca, la amarilla, la azul o la roja, donde la soledad también se embriaga cantando tangos en los rincones. Joya: si un día sientes que nadie te extraña ve a la gasolinera, ahí siempre te echan de menos.

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