Martes 25 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Monólogo de infamias

— Jose Rubén Zamora
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La guerra militar terminó en 1982. Los Acuerdos de Paz se firmaron, finalmente, en diciembre de 1996; sin embargo, en pleno 2017, el país está muy lejos de observar un verdadero y genuino debate, de disfrutar del libre juego de ideas, de enriquecedoras polémicas, de practicar respeto por la oposición seria y privilegiar el pluralismo político.

En buena medida eso ocurre porque no existe cultura democrática ni, por tanto, su rasgo distintivo, el respeto al disenso. Habla el que tiene más galío y capacidad de insultar a gritos, de agredir verbalmente sin pasar por un proceso mínimo de pensamiento.

En un país normal, las ideas tendrían en contradirección otras ideas. Pero en Guatemala se arrojan tetuntes, a falta de argumentos, conocimiento y sentido constructivo. Todo parece ser ideológico, pero más bien es vulgar ignorancia. El descrédito, la descalificación y la infamia son las armas de quienes vociferan, sin duda, debido a que sus paleo-cerebros son minimalistas y sin adornos. Por eso fácilmente se transforman en militantes de violentos diálogos de sordos, cuya única razón es la sinrazón de descalificar, en tanto su ausencia de neuronas los inclina a una actividad más física que intelectual: arrojar ladrillos contra las pocas cabezas pensantes.

Con el grito insultante pretenden asfixiar la idea creativa. No discuten, agreden. Crean biografías falsas propias y de aquellos que odian, para denigrarlos. En la Historia, no solo de Guatemala, la violencia verbal suele ser la antesala de la violencia física y de infames tragedias.

En síntesis, este comportamiento y actitudes que sudan exacerbadas pasiones conducen al autoritarismo, al fascismo, o sea, a los sopapos. Buscan imponer con violencia verbal, reforzada con amenazas directas (sin excluir la corrupción y el soborno solapado), la dictadura de la unanimidad, el verticalismo de la resignación y el monótono discurso único.

Lo más extraño es que las elites, incluso las más sofisticadas, se sienten representadas por estos trogloditas siniestros, al extremo que de un solo empujón los sacan del anonimato financiero (uno solo de estos grupitos tiene puntual cada mes 350 mil dólares contantes y sonantes para costear su retrógrada guerra psicológica y de descalificación). Por eso no extraña que, de andar en vehículo de segunda mano, de la noche a la mañana pasan a flamantes Porsche Cayenne blindadas, último modelo.

Bien harían nuestras elites en que sus auténticas convicciones políticas, morales e intelectuales, abrazaran la democracia, la libertad, el mercado, la tolerancia, el debate público plural, el pluralismo político, la transparencia, el respeto al Estado de Derecho y a los derechos humanos. Digo, si se aspira a construir un país civilizado y próspero, del cual sentirnos, todos, orgullosos.

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