viernes 19 mayo 2017
Opinión

El miedo a la sexualidad

Homofobia, transfobia, violencia contra la mujer… todas formas de represión.

— Carol Zardetto

Cuando hablamos de homofobia o transfobia estamos hablando de una sola cosa: miedo a la sexualidad humana. Y no son los únicos miedos. El miedo a la sexualidad femenina es uno de los principales factores de violencia sobre la mujer. La sexualidad humana ha sido encasillada, sometida a la ley, se le han hecho cargar prejuicios, castigos morales, prisión y muerte. Y sin embargo… se mueve.

Cuando el poder hegemónico se apropia de un terreno tan resbaloso como la intimidad del deseo no puede sino originar trastorno, dolor, represión e… hipocresía. El poder hegemónico está construido sobre la base de la heterosexualidad, los “sólidos” valores de la “familia normal” fundada en un matrimonio monógamo y que subsiste hasta que la muerte los separe. Este “establecimiento” provee seguridad para la sociedad, el aseguramiento de las herencias y la consolidación de los capitales. Los vientres de las mujeres fecundados por hombres que están en dominio de la situación es un icono inconmovible.

Estas “verdades” únicas y rígidas quieren imponerse a la generalidad de las personas bajo un sinnúmero de excusas: así lo manda Dios, ninguna otra forma de la sexualidad es “natural”, la sociedad va a desmoronarse si se aflojan las tuercas de la prisión del deseo.

A pesar de todo, la sexualidad es un acto de libertad humana. Un recinto de íntima escogencia. Y, por supuesto, no puede estar exenta de su propio sentido de los valores, de la ética. Sin embargo, estos valores, esta ética no pueden ser impuestos desde afuera. Ni la Iglesia, ni la sociedad, ni el Estado (la roca edípica, según Deleuze) pueden definir los valores del intercambio sexual. Esta ética tiene que ser construida de manera íntima e individual por cada ser humano a través de la experiencia del cuerpo. Ya lo decía Baruck Spinoza “…nadie sabe lo que puede un cuerpo”. Es solamente la experiencia la que nos enseña a establecer los límites de nuestra sexualidad como parte de la amplia interacción que tenemos con el mundo.

Es por eso que la homofobia, la transfobia, la violencia en contra de la mujer, son expresiones de una idea equivocada: ni el Estado, ni la Iglesia, ni la sociedad tienen injerencia sobre la íntima decisión de dos cuerpos que copulan. Y esa sensación de desmoronamiento de los valores que sufren los conservadores ante la diversidad sexual es producto de la errada noción de que existen “verdades” únicas y universales. Vivimos en la era de la subjetividad donde ya no existen verdades únicas, sino múltiples verdades, construidas desde la individualidad. La subjetividad tiene sus riesgos, porque implica una libertad de decisión. Pero eludir el reto de asumir la libertad de escogencia solamente nos mantendrá en un estado de infantilismo perverso.