Jueves 11 Mayo 2017
Opinión

La sociedad de los poderes concentrados

El reparto del poder.

 

— Helmer Velásquez

Esta democracia de papel, está basada en aquella ficción de Estado, que distribuye el poder en sus tres organismos básicos, que complementados por órganos contralores garantizan el funcionamiento democrático de la República. Esta cuestión de la división de poderes, se aprende en la escuela primaria y nos lo recuerdan toda la vida, particularmente, cuando de enaltecer nuestro “sistema democrático” se trata. Sin embargo, lejos están aquellos quiméricos postulados de la real disfuncionalidad del Estado guatemalteco, cuya operatoria está basada, en un arbitrario ejercicio del poder desde las élites: económicas y militares. La élite política está al servicio de las primeras. No ejerce poder real.

Esta realidad –de todos conocida– intentamos no verla. Hacemos como que es el libre juego de poderes, sin derecho preferente, de donde emanan las decisiones públicas de especial trascendencia. Pretendemos –hipócritamente– ignorar que a las élites se les consultan las decisiones del poder público y cuando, por alguna razón, la iniciativa viene de sujetos autónomos que escapan al control elitario, la vetan. Son la expresión del poder real, basado en el dinero y la ‘persuasión’ de las armas. Una élite económica –rancia por arcaica– que dicta: qué hace y qué no hace el Estado. Meten mano en la orientación del presupuesto público, decisiones judiciales y en el contenido de las leyes. Esa es la democracia que tenemos. Deformada, debilucha, inoperante. Hay hartazgo social por aquello, este no es un país de borregos. Somos un pueblo con ideas y notables fortalezas. La coyuntura en que discurre la sociedad y su diálogo político, abren una pequeña ventana para el cambio. ¿Qué es la democracia, y quien la define? Esa es la cuestión, ese es el dilema de fondo. Así que saldar esta coyuntura, con las bases para una democracia plurinacional, será el verdadero salto cualitativo de esta sociedad.

Obviamente, hay que reformar los organismos de Estado, sin lugar a dudas, y estamos en ello, pese a pequeños núcleos retrógrados. Sin embargo, con igual prontitud y profundidad habrá que terminar con la dependencia del Estado, de los círculos oligárquicos. Aquellos que imponen sus decisiones a la trilogía de poderes y operan en contra de la razón colectiva. Es antidemocrático y contra toda razón de Estado que los terratenientes –por ejemplo– decidan cuántos y qué impuestos deben pagar o que un pequeñísimo grupo de empresarios mercantilistas, cuyos negocios están hechos a la sombra del Estado, definan mecanismos de integración de las Cortes y quienes las integran. Equidad de poderes es profundizar en democracia.