Martes 25 DE Septiembre DE 2018
Opinión

De espaldas a la Plaza

No es el presidente de a petate.

 

— Edgar Gutiérrez
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El presidente Jimmy Morales fue una carambola de la Plaza ciudadana, la cual súbitamente se encendió hace dos años. Sin ese evento que desembocó cívicamente en las urnas, es impensable que un candidato marginal de un partido postizo arrasara en las elecciones. Quince meses después de asumir la Presidencia de la República, parece definitivo que Morales le dio la espalda a la Plaza negando así su única fuente real de poder.

¿Qué significa dar la espalda a la Plaza? Aferrarse al pasado y no ser agente del cambio. Durante el primer año de la “nueva era” hubo otra agenda en la gestión de Estado que llegó desde el Congreso de la mano de Mario Taracena, con estilo capataz y machete en mano, procurando resultados. De Jimmy Morales la gente no esperaba grandes números, solo que no les destrozara la confianza y no tener, por enésima vez, que arrepentirse tan pronto de su elección.

Antes se equivocó Jimmy Morales que sigue creyendo que llegó a la Presidencia por sus “amigos”, sin entender que en la política los amigos son falsos y los enemigos verdaderos. Los compromisos inconfesables los adquirió con ellos. Esos compromisos son, a estas alturas, más que condicionamientos, ataduras, en gran medida aceptadas de buena gana para mitigar el miedo de gobernar.

Pero el principal carcelero del gobernante es su propio ego. Ya está cegado por la amargura, y los resentimientos lo carcomen. Jimmy Morales, Presidente, no es feliz, ni hace feliz al público, como solía siendo actor, a pesar de que ahora tiene muchos más chances de ayudar a la gente y que a la niñez sin oportunidades o desamparada se le abra un horizonte de realizaciones. El sueño de su vida, ser un presidente “de a petate”, se volvió su pesadilla.

Durante los primeros nueve meses fue un gobernante diletante, aunque bien intencionado. Oía a un elenco variopinto y contradictorio. Unos le hablaban mal de los otros, y viceversa. Al final, ante sus ojos, todos estaban descalificados. Así, cada conversación le abría una ventana de luz (aparente) y simultáneamente le cerraba otra (real). No supo hacer la síntesis entre los dimes y diretes. Confió en el ruido y no en su vientre, que es de donde llegan las decisiones vitales. Se dedicó a hacer sumas y restas sin que le salieran las cuentas. Entre tanto, la nave del gobierno no zarpó, el capitán trasnochado se durmió y la carta de navegación salió sobrando.

El caso judicial contra su hijo y su hermano le fue calando hondo, a medida que el ego herido le era inflado. Fue el recurso favorito de sus “amigos” y consejeros, quienes le contaron mal la historia, que él cree a pie juntillas. Ese resentimiento y amargura crece con los días. Lo perceptible es que abona al caos extendido en el país, que, además, cala más y más hondo en el Congreso. El eco de la Plaza no se ha disipado y la caballería de la justicia que comenzó a marchar hace dos años sigue estoica sin importar las flechas con venenos que les lanzan y sin voltear a ver a los flancos.

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