Sábado 17 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Los números de la ignominia

El 44 por ciento de los pobres no tiene ninguna escolaridad.

— José Barnoya
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Conforme pasan los años, el vocabulario que empezó con un par de palabras, va creciendo en conversaciones con los padres, hermanos, profesores y amigos. Fue con Emilio Arenales, profesor en la primaria, que aprendí que la palabra Estadística no es más que un cálculo de probabilidades, agrupando fenómenos y circunstancias, utilizada en Economía, Biología y Ciencias Sociales.

Si en principio no entendía el significado de la palabra, comprendí bien lo que era la Estadística al leer dos libros fundamentales: Las tasaciones de Alonso López de Cerrato del siglo XVI, y la Descripción Geográfico – moral de la Diócesis de Goathemala, escrita por el obispo Cortés y Larraz a fines del siglo XVIII. Con letra clara escribió don Alonso que en 1520 el número de indígenas era de un millón; población que en 30 años había disminuido en un 60 por ciento. Por otro lado afirmaba don Pedro Cortés que: “Todos los indios son los más infelices que ha habido y habrá en el mundo, porque no tienen bienes, ni honra, ni descanso, ni libertad”.

Más tarde aparecieron cifras pavorosas que han permanecido invariables que, ni el tiempo ni los gobiernos han podido alterar y que son el vivo retrato de este pueblo que se resiste a morir. Según estadísticas elaboradas por gente confiable y expertos en esa ciencia, las cifras han aumentado y en pocos casos decrecido. Afloran en bandada los datos lastimeros: Más de 6 millones de habitantes son pobres y viven con menos de 16 quetzales diarios, mientras que 3.2 millones son pobres en extremo y apenas sobreviven con menos de ocho verdes al día. De cada mil que nacen vivos, se mueren 39 chirices; además se mueren 140 mujeres de cada diez mil que nacen vivos. Suenan infamantes las cifras: Cada 3.4 segundos se muere alguien de hambre; 694 niños no alcanzan los cinco años en más de mil muertes. El 44 por ciento de los pobres no tiene ninguna escolaridad. Solo el 52 por ciento alcanza la primaria; el cuatro la secundaria y ninguno llega a la universidad. La esperanza de vida que hace casi 30 años no era mayor de 40 años, si bien se ha estirado a 62 y 69; la violencia la ha encogido a la cifra anterior. Los números atroces reaparecen cuando se revisa la estadística relacionada con la vivienda: la gente que sobrevive sin condiciones mínimas de habitabilidad alcanza el 64 por ciento; la que vive en hacinamiento el 61 por ciento; sin agua potable el 66 por ciento; y lo que es peor –sin letrinas– el 58 por ciento.

Estos números horrendos han estado siempre a la vista de todos, con excepción de los miopes poderosos que solo los ven –y de reojo– cuando sobreviene un terremoto, una inundación o una lluvia de ceniza. Solo entonces recuerdan los que siempre han estado arriba, lo mencionado por la FAO, cuando insiste en que hay en el mundo más de 842 millones de seres humanos que padecen ese flagelo ignominioso: el Hambre crónica; de los cuáles 798, viven en países como el nuestro.

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