Lunes 19 DE Noviembre DE 2018
Opinión

¿Qué representa que muera nuestra selva?

Nos unimos al mínimo de dignidad dentro de nosotros.

 

— Marcela Gereda
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Aquella explosión de colores en rojo, azul y amarillo del guacamayo alzado en vuelo sobre la selva que vio nacer a la civilización Maya, hoy la vemos reducida a ceniza junto a 1,500 hectáreas de selva calcinada en lo que un día fue bosque tupido, frondoso, el pulmón tropical de América, la poesía palpitante más salvaje y transparente.

El felino que un día fue la deidad de esa civilización que descansó durante siglos sobre el lecho de bejucos y raíces, hoy encuentra su hábitat arrasado por la criminalidad y maldad humana.

Estas últimas semanas hemos visto una serie de imágenes de la selva petenera ardiendo en llamas. El pulmón de árboles del Parque Nacional Laguna del Tigre asaltada y calcinada por la muerte. ¿Qué representa que muera la Biósfera Maya?, ¿qué expresa sobre una sociedad como la nuestra esta criminalidad extendida en tiempo y espacio?

El patrimonio natural y cultural es lo que otorga sentido de pertenencia, de cohesión, de identidad a las sociedades. Fue el gobierno de Lázaro Cárdenas en México que declaró Parque Nacional Chacahua y tantos otros que hoy siguen siendo joyas protegidas. En Nueva Zelanda la naturaleza está intacta porque las políticas de protección del ambiente son efectivas porque el Estado comprende que para su población el medio ambiente es intocable, sagrado, no es negociable.

En los territorios donde el Estado es negligente y criminal ante su patrimonio (cultural y natural), el mismo se convierte en un vil negocio. Por un lado, tenemos a criminales inconscientes del significado de los árboles, bosques, flora y fauna sobre el planeta incendiado y por otro lado tenemos el vasto negocio de saqueadores de piezas prehispánicas.

También esta muerte extendida representa una amplia y honda incapacidad institucional, incapacidad de proteger y preservar el patrimonio natural que (como en tantas naciones) debería de ser motivo de orgullo, de amplia consciencia, de cuidado y defensa del territorio.

Es cierto que este tipo de conflicto en Petén viene de décadas atrás, y que las variables de la degradación ambiental, el saqueo, el contrabando y el narcotráfico convierten a esa tierra en un menjurje de conflictos sociales, políticos y climáticos en los que la frontera agrícola ha tenido una aceleración sin precedentes.

Según un informe de la FAO sobre bosques, entre el 2000 y el 2010 se perdieron en el mundo siete millones de hectáreas de bosques tropicales al año debido al avance de la frontera agrícola.

Según el Instituto de Investigación y Proyección sobre Ambiente Natural y Sociedad (IARNA), “las causas de la deforestación y degradación de los bosques en Guatemala son variadas, reflejándose en la pérdida anual de 132 mil 137 hectáreas de bosque en el territorio nacional (INAB, CONAP, UVG y URL, 2012). Como respuesta a la deforestación, se han desarrollado diversos instrumentos de política, tales como el Sistema Guatemalteco de Áreas Protegidas (SIGAP), el Programa de Incentivos Forestales (PINFOR), el Programa de Incentivos para pequeños poseedores de tierras de vocación forestal (PINPEP) y las licencias forestales. Sin embargo, ha existido una baja efectividad de estas medidas pues no se ha logrado revertir la tendencia de deforestación”.

Esto quiere decir que hay un largo camino por recorrer para mitigar el daño ocasionado. Hay inmensos desafíos para cuidar lo poco que queda y detener las devastadoras sequías (causadas por cultivo intensivo, prácticas inadecuadas de fertilización, explotación de recursos, roza).

Esta inmensa pérdida de la selva petenera representa que algo de nosotros no está bien. Que algo de nosotros está perdido, quebrado. Somos una sociedad desalmada y criminal. Representa que aquella hermosura estática de un mar verde, suspendida en el sonido del viento que mece las copas de árboles testigos del paso del tiempo y refugio y sombra para millones de animales hoy es solo un desierto carbonizado.

Ahí en el horizonte verde, donde emergían blancas puntas de palacios y templos, entre un verdor salvaje y alucinante , donde las ciudades Mayas dormían en una belleza embriagante, hoy tenemos que buscar las piezas del rompecabezas para volverlo a armar, encontrar las necesarias alianzas para frenar esta destrucción criminal masiva. Se lo debemos a quienes estuvieron antes que nosotros y a quienes vendrán después de nosotros. Nos unimos al mínimo de dignidad dentro de nosotros.

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