Martes 17 DE Octubre DE 2017
Opinión

La CICIG ha periclitado (II)

Por lo tanto, eso que tan ambiguamente llamamos Poder Judicial, se ha vuelto en teoría el más importante de los poderes soberanos del Estado, pero nunca ajeno del todo en los hechos a los hombres más poderosos de cada momento.

 

— Armando de la Torre
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La CICIG, a mi juicio responde a una visión tan utópica y simplona de la justicia peor aún que aquella de la República de Tomás Moro.

Una muestra más del atrevimiento insensato en el que incurrimos colectivamente los soberbios que nos fiamos demasiado del poder de nuestra razón.

Su fracaso debió haber sido para todos un final previsto inevitablemente. Porque la justicia, el bien común más importante para toda sociedad civilizada, no depende de la apreciación subjetiva de un hombre o de otro, sino de un marco institucional perenne, casi cósmico y objetivo socialmente, muy por encima de personalidad alguna, y que hoy, además, identificamos plenamente con el Estado de Derecho.

Sus dos primeros Comisionados, un español y un tico, se mostraron desde el inicio de sus gestiones como un completo fracaso desde esta óptica, es decir, trajeron al país esos dos individuos que no parecieron haber entendido en absoluto lo que es procurar justicia imparcial, pronta e igual para todos.

Don Iván Velásquez, es verdad, sí ha sido un fugaz éxito mediático, porque al menos al principio de su gestión, no pareció atrapado por prejuicios ideológicos ni intereses económicos. Pero ya se ha evidenciado que tampoco él ha sido del todo inmune a la seducción de los mismos. O sea, que ha resultado probablemente un humano promedio más.

Por eso hoy me resulta difícil hacerle justicia como creo entenderla. Porque en contra de lo que circula por las redes sociales en Guatemala, derivado de lo que nos llega de su historial en Colombia, lo creo un hombre decente, a pesar de esa impresión que ya ha dejado en muchos, incluida mi persona, de que para él el fin de aplicar la ley justifica medios de moralidad dudosa, como valerse de testigos sospechosos. Premisa esto último para mí del todo inaceptable.

La imagen, por cierto, que inmediatamente asocio mentalmente con su perfil es la del Gran Inquisidor Tomás de Torquemada. Porque esa figura prototípica responde, creo yo, a una visión insuficiente de lo justo y a una sobrevaloración demasiado optimista de las capacidades propias. En este sentido, extiendo a ellos el calificativo de infantilismo teórico, que ha marcado la conducta de tantos adultos de buena voluntad pero que repetidamente han hecho de la tierra un infierno temporal.

La dispensación de justicia es la labor titánica confiada al hombre inevitablemente limitado, prejuicioso y siempre lleno de pasiones.

En el mundo judeocristiano esto se nos ha repetido incesantemente desde los tiempos del bíblico Salomón, como lo narra el libro de los Reyes capítulo tercero, y toda la literatura profética.

A ello habría de añadírsele la inmensa literatura universal acumulada por todas las culturas escritas de la Humanidad, de Hammurabi a nuestros días, así como muchas otras tradiciones orales paralelas. Hacer justicia, pues, es a un tiempo lo más elevado y lo más difícil para el juzgar humano, sobre todo si incluimos la progresiva evolución sobre en qué consiste lo justo desde la Ley del Talión hasta los modernos códigos penales, que juzgan de además de los hechos de las intenciones de sus hechores, y lo encuadran todo en unas circunstancias u otras para su ultimada validez moral.

En las tradiciones clásicas paganas de Grecia y de Roma la hicieron más visible la Tragedia de Antígona de Sófocles y el Tratado De legibus de Cicerón, por ejemplo. En ambas obras, se transparenta aquel otro principio republicano de que la impartición de la justicia es ajena y superior inclusive a la mera función de gobernar, como ya lo había sugerido también Platón en su Tratado sobre la República. Pues el rebajar la sabiduría de juzgar apropiadamente de la bondad o de la maldad de los actos de los hombres por otros meros hombres, que rebajó equivocadamente Montesquieu al mismo plano que el de esas otras funciones soberanas del Estado, las típicamente políticas de hacer leyes y de hacerlas cumplir, fue una triquiñuela filosófica que nos jugó la Ilustración francesa.

Desde ese momento se nos ha dicho que la moral y la ética en cierta forma son así mismo otras tantas manifestaciones del juego social que llamamos político, léanse Maquiavelo o Kelsen, lo que me resulta a todas luces un juicio de valor atrozmente infundado.

De ahí al positivismo jurídico hoy imperante solo hubo los pocos pasos históricos de la Revolución, del Código Civil napoleónico, y de los Principios de la filosofía positiva de Auguste Comte de mediados del siglo XIX, que devino el marco suficiente para todas las revoluciones totalitarias del siglo XX.

Por lo tanto, eso que tan ambiguamente llamamos Poder Judicial, se ha vuelto en teoría el más importante de los poderes soberanos del Estado, pero nunca ajeno del todo en los hechos a los hombres más poderosos de cada momento. Por eso, nuestro “Poder Judicial” nos resulta cada día más inservible, aquí y en muchos rincones subdesarrollado planeta, también, sea dicho de paso, en Colombia, Costa Rica y España.

De regreso a don Iván Velásquez: Tomás de Torquemada, el ejemplo que se me ocurrió como el más apropiado para caracterizar su trayectoria, me resulta así demasiado simplificador, y eso, en mi imaginario subjetivo, lo relaciono con el infantilismo ideológico introducido en Iberoamérica en 1918 sobre todo con la Reforma Universitaria de Córdova, la Argentina, y multiplicado por políticos peronistas, guerrilleros castristas y charlatanes de toda laya acerca de los derechos humanos.

Esa tendencia, don Iván, a simplificar lo más complejo en categorías de “buenos o malos” debería ser obligación para todos de rechazarlas in limine.

Ni usted, ni yo, ni ninguno del resto de los humanos, somos ángeles juzgadores, sino sencillamente pecadores que apenas nos entendemos a nosotros mismos.

Tampoco se crea escogido ni caso único en el mundo, don Iván. El peronismo que todavía nos afecta en Iberoamérica, no menos que el corporativismo de Getulio Vargas, o así como el Aprismo de Víctor Raúl Haya de la Torre, aun la misma Revolución Mexicana de hace un siglo, o de tantos otros posteriores dislates “revolucionarios” marxistas leninistas brotados por toda la geografía nuestra a partir del engaño publicitario que nos hizo Fidel Castro, son otros tantos casos de infantilismo ideológico.

En consecuencia, es muy poco, casi nada, de lo que cabía esperar con la instauración de esa misión internacional que le fue confiada llamada CICIG. Más bien era de esperar lo contrario.

Y escribo estas líneas durante una conmemoración más de la peor injusticia de la historia de la Humanidad, cometida por un pelele en busca de circo llamado Herodes Antipas y aprovechada por un grupo de autoridades religiosas que traicionaron sus más elevados principios espirituales, al rugido de masas de mediocres que aullaban “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!”, y decidida finalmente por un árbitro político sin columna vertebral alguna de principios morales, y que como símbolo de lo mismo se lavó las manos.

Mayor modestia, don Iván. Su maestro Hans Kelsen, y el mío F. A. von Hayek, coincidieron en que de la “justicia” de un fallo de un tribunal nunca podemos quedar absolutamente seguros; de la injusticia, en cambio, sí podemos estar ciertos en cualquier marco o circunstancia. Por lo tanto, no se trata de aumentar una justicia hipotéticamente cierta sino de disminuir las injusticias de las que podemos sentirnos absolutamente seguros.

Cuique suum, a cada uno lo suyo, el meollo del acto justiciero.

¿Estamos de acuerdo, don Iván?…