Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
Opinión

La salud, el punto más sensible de la moral social

La aspiración de justicia en nuestra sociedad requiere cambios estructurales dramáticos.

— José García Noval
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La disputa reciente en el ámbito de la Salud Pública, el acto criminal que pone en riesgo la eficacia de las vacunas y el análisis de Karin Slowing sobre el sindicalismo en salud, recuerdan ideas sobre el Principio de Justicia en Bioética, y sobre la Ética Política, en una sociedad que permite que el ejercicio de tal principio tenga una posibilidad razonable.

Primera idea. El bioeticista James Drane expresó: “Uno puede aceptar un sistema de salud que funcione bien sin detenerse a reflexionar sobre sus principios fundamentales, pero cuando hay señales de derrumbe… se hace inevitable razonar sobriamente. En la reconstrucción… de un sistema… de atención médica que zozobra, es preciso tener en cuenta las diferentes interpretaciones de lo que es justicia”. La aspiración de justicia en nuestra sociedad requiere cambios estructurales dramáticos, pero tal giro no se da por la simple voluntad ni por milagro. Menos aún por la vociferación de insensateces. Requiere esa combinación maestra de razonar sobriamente con la decisión de asumir riesgos para el logro del objetivo justo. En este sentido la Ministra logró un acercamiento entre la convicción y la responsabilidad. Convicción porque está convencida, como otras personas luchadoras de la Salud Pública durante generaciones, que la salud es la parte más sensible de la moral social y porque, como ella misma lo ha expresado, la corrupción es homicida. Miles de personas sufren y mueren, por la corrupción público-privada (que incluye a un sector de dirigencia sindical salubrista). Responsabilidad porque sabe que sin el enfrentamiento arriesgado, de los problemas más complejos, su paso y el de su equipo sería intrascendente para los millones que padecen sin alivio del dolor y de la muerte.

Segunda idea. Karin Slowing expone en su artículo “Sindicatos en la encrucijada”, la contradicción entre la necesidad y la barbaridad. Por un lado, el papel fundamental del sindicalismo en el progreso de las relaciones sociales y, por otro, el giro oportunista y corrupto que inescrupulosos y traidores le pueden dar. Sabemos que, en general, muchas personas que trabajan en el sistema son mal pagadas o no se les paga durante períodos prolongados. La Ministra lo ha reconocido, establece las diferencias y trata de resolverlas. Lo inadmisible es el aprovechamiento de dirigentes sindicales por medio de tráfico de influencias para lograr pactos colectivos nocivos al sistema (es decir para la población más urgida de atención), o ganancias ilegítimas.

Tercera idea. En los años setenta y ochenta cayeron sindicalistas (recordemos CNT y Emaús) y abogados laboralistas (Mario López Larrave, Manuel Andrade Roca, Santiago López y muchos más) víctimas de la represión y corrupción gubernamental, incluyendo la de personajes que ahora han sido los aliados de algunos dirigentes sindicales. Tienen razón los que han dicho que el sindicalismo corrupto de hoy, es un hijo no reconocido de la represión y corrupción de otros tiempos.

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