Domingo 18 DE Noviembre DE 2018
Opinión

El Jueves Santo que nunca termina

Meditación cristiana de la época.

 

— Gonzalo Asturias Montenegro
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Dijo Jesús: “Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron del maná en el desierto, y murieron; éste es el pan que baja del cielo, para quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre y el pan que voy a dar es mi carne, para la vida del mundo”. (Jn, 6, 48-52). Como las palabras y el lenguaje que utilizó Jesús eran realistas, no simbólicos, “discutían entre sí los judíos: ¿cómo puede éste darnos a comer su carne? Jesús del dijo: en verdad, en verdad, os digo que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día, porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él”. (Jn, 6, 52-57) Y Jesús continuó reiterándoles para no dejar ninguna duda, ante lo cual los discípulos dijeron: “es duro este lenguaje, ¿quién puede escucharlo?” (Jn, 6, 60). En realidad, el lenguaje era realista no simbólico y así lo entendieron bien los discípulos porque además lo que prometía Jesús a los que comieran su cuerpo y bebieran de su sangre era la vida eterna, no una vida eterna simbólica. Pero como seguía la desazón, “Jesús dijo entonces a los Doce: ¿también vosotros queréis marcharos?”  (Jn, 6, 67-70).

Jesús pedía que tuvieran fe de que era posible comer su carne y beber su sangre (la misma fe que nos exige hoy). Y lo volvió posible, en la víspera de su Pasión, el Jueves Santo, cuando en la Noche de la Cena, “Mientras estaba comiendo, tomó Jesús el pan y lo bendijo y dándoselo a los discípulos dijo: Tomad y comed, éste es mi cuerpo. Tomó luego la copa y, después de dar las gracias, se las pasó diciendo: bebed de ella todos, porque ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados”.

(Mt 26, 26-28).

Después de su resurrección, cuando Jesús se encuentra con los discípulos de Emaús que estaban descorazonados por la muerte de Cristo, “sentado a la mesa, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se los iba dando, entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció de su vista”.

(Lc 24, 30-32).

Según la Biblia, los seguidores de Cristo se reunían a la fracción del pan (como se le conoció al comienzo) que pronto también se llamó Eucaristía que en griego (el idioma del Nuevo Testamento) quiere decir acción de gracias porque Cristo tomo el pan…, y luego el vino…, y dio gracias…

Nadie dudó que ese pan y ese vino no fueran el cuerpo y sangre de Cristo; y así, el Apóstol Pablo escribe que el día en que iba a ser entregado (el Jueves Santo de hoy), tomó pan, dio gracias, lo partió y dijo: Éste es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía. Asimismo, tomó el cáliz después de cenar y dijo: esta copa es la nueva Alianza en mi sangre, cuantas veces la bebiereis, hacedlo en memoria mía; pues cada vez que comáis de este pan y bebáis de este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga. Por tanto, quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor”. (I Co, 11, 23-28) Ojo que no se hace reo del pan o del vino sino del cuerpo y sangre del Señor, que estaría allí presente bajo las apariencias del pan y del vino, que es lo que ven los ojos. Por ello, añade “Quien come y bebe sin discernir el Cuerpo (¡ojo, no el pan!) come y bebe su propia condena”. (I Co. 11, 29).

Este gran misterio del cuerpo y sangre de Cristo presente en el pan y vino inspiró a muchos artistas a pintar (en el Renacimiento, Rafael realizó un fresco famoso) o componer escritos o música sobre el tema. Miguel Ángel Asturias no fue la excepción que, tras comulgar en un día de la fiesta de Corpus Christi (el cuerpo de Cristo), escribió un bello y extenso poema que por falta de espacio solo transcribo el comienzo y el fin del mismo. Dice así el poema titulado Sonámbulo blanco: “Con la lengua te apoyo al cielo de mi boca, / pétalo de rosa inmaculado, redondo mundo, / y me invades de un claro vendaval de presencias./ Tu blancura hace llama de plata en mi costado / cuando bajas a mí por mi aliento rendido, / por mi saliva de espuma acalorada, / por las letras que cantan en mis cuerdas bucales, / sangre que tiene alas para alcanzarte vivo. / Y ya juego contigo, Tú el cordero, yo el niño, / Te cierro los ojitos y te tocó los dientes / y paso la mejilla por tu lomo lanudo, / y te abrazo tan duro que debo hacerte daño, / y beso tu pezuña nerviosa, brincadora, / para pronto tumbarte, aspaviento y cosquilla, / o levantarte en vilo y ya apelotonado / traerte hasta mi pecho y dormirme contigo. / En ti, mi Bien herido, / mal herida la tierra y el cielo mal herido. / Equilibrio de beso entre el barro y la nube, / reloj de mariposas sin horas y sin tiempo, / Mayo de la alegría, Abril de la alegría, fiesta de la alegría…”.

El poema sigue describiendo cómo Cristo lame una por una las cadenas, purificando su alma; y la última estrofa dice: “Y estuve –ahora lo cuento– en un país celeste, / donde los Ángeles pasan al través de los Ángeles / y el alimento es blanco, blanco, blanco… / Y desperté –ahora cuento– por alamedas de alabanzas / con la frescura honda de aquel país de lana y de rocío”.

gasturiasm@gmail.com

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