Martes 11 DE Diciembre DE 2018
Opinión

Asado legislativo

La quema del recinto parlamentario en Paraguay es otro mal ejemplo de cómo reaccionar frente al descontento que generan las actuaciones parlamentarias de muchos diputados.

 

— Manfredo Marroquín
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La quema del recinto legislativo en la capital paraguaya, amerita una reflexión más allá de lo espectacular del hecho que le dio vuelta al mundo. Los poderes legislativos, Congresos, Parlamentos o Asambleas, son en la actualidad las instituciones del Estado con menor confianza y aprecio por parte de las poblaciones en todos los países de la región. Incluso hay países donde el apoyo a la labor que hacen no llega ni al diez por ciento.

Y es que muchos de los actuales representantes elegidos para fungir como legisladores parecen no tener miedo a jugar con fuego. Lo que pasó en Asunción no es nada diferente a lo que han hecho diputados en otros países: reunirse a escondidas para planificar una pieza legislativa que solo favorece al grupo que representan, modificar los reglamentos para aprobar vía exprés lo que es de su interés, todo ello violando los principios de máxima publicidad, debate y deliberación y obviamente dando la espalda a la población que los eligió.

En el caso paraguayo, los manifestantes protestaban contra la aprobación de la reelección presidencial, un tema que en cualquier país del mundo amerita un debate deliberativo amplio y detenido, no exprés y a escondidas como lo ocurrido en este caso.

Los sistemas políticos están experimentando en la mayoría de países de la región una severa crisis de representación, derivada del debilitamiento y declive de los partidos políticos como vehículos efectivos para intermediar la demanda social frente a las instituciones del Estado. Cada vez más, observamos representantes se llamen estos diputados, congresistas, asambleístas o parlamentarios, actuando según su propia conveniencia sin atender líneas programáticas del partido que los llevó al puesto, asumiendo su representación como un activo al servicio de sí mismos.

Todas las funciones legislativas, de representación, control político, fiscalización, legislación, entre las principales, se ven distorsionadas por este fenómeno de “privatización” de la representación, al punto que, en nuestro país, se aprueban leyes que no fueron discutidas y las que se conocen y debaten no son aprobadas como el caso que ocurre actualmente con las reformas constitucionales para el sector justicia. Las interpelaciones y citaciones son motivadas en una gran mayoría de casos con propósitos extorsivos o de negociaciones de asuntos personales y no de mejoras en políticas públicas.

Desafortunadamente, en la mayoría de casos las demandas sociales se ven arrastradas por medidas ineficaces como las mal llamadas depuraciones que se enfocan en el cambio de unas personas supuestamente malas, por otras que serán electas por medio de los mismos mecanismos y terminarán siendo peores que las que sustituyen. Para recuperar la representación hacen faltan reformas articuladas que integren nuevos sistemas de elección, medidas disciplinarias efectivas al interior de los parlamentos y apertura de datos e informaciones de todas las funciones legislativas para que el ciudadano pueda valorar el desempeño de sus representantes.

La quema del recinto parlamentario en Paraguay es otro mal ejemplo de cómo reaccionar frente al descontento que generan las actuaciones parlamentarias de muchos diputados, pero al final son actos tan irracionales como los que cometen los diputados aprobando leyes que solo favorecen sus intereses.

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