Miércoles 19 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Populismo y clases medias

Guatemala tiene una salida propia .

 

— Édgar Gutiérrez
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El populismo es la irrupción de los excluidos en la arena política. Son los excluidos que perdieron el ascensor social, sumiéndose en la depresión. Quienes vivieron una época de bonanza, pero el progreso tecnológico siguió de largo buscando nuevos territorios (más competitivos), y el establishment, que tuvo que encontrar un equilibrio, se olvidó de ellos, los perdedores.

Por eso el populismo ha echado raíces en países prósperos como EE. UU. en el siglo XIX; Argentina y Brasil en el siglo XX, coincidiendo con la industrialización vía sustitución de importaciones; Venezuela en este siglo, de la mano del último boom petrolero. Y la mayor sorpresa ha sido EE. UU., la primera potencia global, que parece retornar al populismo de la mano de Trump.

El populismo es una etapa de ajuste político y económico del orden democrático liberal. El régimen liberal sublima lo individual, pero se sostiene sobre una maquinaria de gobierno anónima, administrada por presidentes-gerentes, fusibles para el sistema. El populismo reivindica a las masas excluidas, pero sublima al líder, cuya credencial es ser “anti-político” y todo gira en torno a él, al punto que sin un gobernante carismático el populismo pierde atractivo y puede ser inviable.

El populismo es nacionalista, pero puede tener afanes de irradiación geopolítica, como con Chávez. En casos extremos ese nacionalismo se torna en xenofobia y aislacionismo, como insinúa Trump. El populismo no necesariamente se propone derrocar la democracia representativa, pero sí sujetarla a la democracia plebiscitaria. Claro, en casos radicales el régimen del plebiscito se torna progresivamente en dictadura de cualquier signo, de manera solapada o abierta cuando sus márgenes de maniobra se reducen, como en la Venezuela de Maduro. La primera víctima siempre es la prensa independiente.

El talón de Aquiles del populismo en épocas de vacas flacas es la política económica. Los subsidios a los pobres (que sustituyen los privilegios a las oligarquías, al igual que estos) tienen límites, que son más obvios cuando no se ha trabajado una arquitectura alterna. Trump ha denunciado los tratados de libre comercio como acuerdos entre oligarcas, pero al igual que Chávez no tiene la alternativa sostenible. Eso ocurre porque los populismos desprecian a las clases medias y las espantan. Unas clases medias vigorosas pueden soportar sobre sus espaldas una arquitectura económica balanceada, el florecimiento de la cultura y dar soporte a instituciones profesionales y eficientes.

Guatemala es un caldo de cultivo para el populismo, pero hasta ahora el clientelismo se lo ha arrebatado corrompiendo y despolitizando. La oligarquía local, en su afán de defender privilegios y la captura del Estado, denuncia el populismo como principal amenaza, aunque su único arsenal ideológico es el herrumbroso anticomunismo; no tiene alternativa propia. De ahí que la ventana de oportunidad que se abrió en 2015 para la construcción del Estado de derecho debe convocar a quienes no optan por la captura del Estado ni por las redes ilícitas político-económicas, es decir, a un enorme universo de sectores, para apostarle a un Estado social y democrático, presente en su territorio, y a un mercado libre de capturas y privilegios.

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