Sábado 15 DE Diciembre DE 2018
Opinión

En el momento de la reflexión

Harto de ya de las sempiternas quejitas y de tanta estupidez, con todo respeto, me permito compartir con Usted las siguientes reflexiones.

 

— Acisclo Valladares Molina
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(1) Nadie –absolutamente nadie– invocó ni hizo mención alguna de su diputado con ocasión de la tragedia acaecida, la del hogar “seguro” y, si nadie lo hizo, por una sencillísima razón: Nadie sabe quién es su diputado.

En los Estados Unidos de América los ciudadanos hubieran acudido –el primero– a su diputado –Su representante– y hubieran alentado en él las acciones precisas y, de inmediato, la de fiscalización que le compete.

Si no introducimos en Guatemala el Sistema Electoral de los Distritos Pequeños, lo mismo habrá de seguir pasando entre nosotros: No sabemos quién es nuestro diputado, el congresista que nos representa y que debe defender nuestros intereses, nuestros principios y nuestros valores.

En estos momentos hubiéramos querido acudir a un representante semejante y compartir con él nuestra indignación y nuestro enfado.

Sin un sistema electoral de distritos pequeños que nos permita sentirnos y estar en el Congreso, incidentes sobre los impuestos a pagar y sobre la forma de gastarlos, fiscalizadores políticos del quehacer del Estado, copartícipes de las leyes que se emitan, siempre habremos de seguir teniendo esta misma sensación de impotencia y desconsuelo.

Nadie en esta tragedia pensó que algo podría hacer su diputado y –como consecuencia– qué podría hacer el Congreso, la suma –tal debiera ser– uno a uno sus distritos pequeños –de la representación de todos.

El Congreso de la República el nervio del que, de una u otra forma, deriva todo.

(2) Precisamente porque considero que la institución del Procurador de los Derechos Humanos posiblemente –y sin el posible– es la más hermosa y la más importante de todas las instituciones que controlan el ejercicio del poder, fiscalizadora como lo es de que el Estado satisfaga en todas sus resoluciones y sus actos su razón de ser (su única razón de ser) la protección del ser humano y de la familia, no puedo aceptar, ni acepto, que se la burocratice, siendo el principio de su burocratización referirse a esta como la “Procuraduría de los Derechos Humanos”, institución inexistente y que con esta sola nomenclatura se reduce –sin más– se quiera así, o no se quiera, a una oficina burocrática más en la jungla del Estado interminable de la burocracia del Estado.

No se justifica que el Procurador de los Derechos Humanos se haya limitado a quejitas burocráticas y que haya sido incapaz –desde que surgieron las primeras denuncias– de poner en orden el lugar de la tragedia y, de igual forma, a todas sus autoridades superiores, en sus manos –en las manos del Procurador– todos los instrumentos jurídicos y el poder para lograrlo.

No. No basta con las quejitas ni con haber llenado la exigencia burocrática. No bastan 45 denuncias, ni 500 que, si quinientas hubieran sido, no llegarían en los dos años transcurridos ni siquiera a una diaria. ¿Sólo cuarenta y cinco los malos días en ese hogar?

El Procurador de los Derechos Humanos es parte integrante del Estado, el fiscalizador insomne de que su razón de ser no se desvirtúe y quien puestos sus ojos y su voz en un problema no puede dejarlo sino hasta que logre resolverlo, tal y como no deja a su presa, el cazador.

¿Dónde, el Procurador, no tan sólo en denuncias, sino en condenas?

¿Dónde en la majestad del ejercicio de su cargo?

El Procurador de los Derechos Humanos es un Comisionado del Congreso de la República, de ese Congreso en el cual Su diputado –el Diputado de Usted– debería hacer que la voz de Usted fuera sentida.

Sin que se establezca entre nosotros el Sistema Electora de los Distritos Pequeños será imposible la reordenación del Estado, los inmensos distritos y las listas que esconden a los candidatos y que son inherentes a la inmensidad de los distritos, hacen imposible saber a quién se elige y constituyen la mejor receta para que nos sintamos cada vez más ajenos y lejanos a nuestras instituciones, incluso, a la más hermosa e importante de todas las instituciones que controlan el ejercicio del Poder – en su caso, la fidelidad a la razón de ser que justifica la existencia misma del Estado – la del Procurador de los Derechos humanos.

(Continuará esta reflexión que es crítica pero, a la vez, propositiva: Nunca más, sí, pero la vista, hacia el futuro).

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