Martes 20 DE Noviembre DE 2018
Opinión

“Viri Probati”

Según esa tradición, los individuos consagrados se comprometen a permanecer célibes: es decir, a no contraer matrimonio.

— Roberto Blum
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La noticia ha recorrido el mundo. El papa Francisco ha dicho esta semana que quizás podría ordenarse a los “viri probati”, hombres probados; es decir, hombres mayores, casados y que han demostrado fidelidad y compromiso con la Iglesia católica. Esta noticia parece ambigua. Si esa ordenación es solamente como diáconos y no como presbíteros, no es ninguna novedad. Ya hay diáconos casados. Y también hay sacerdotes de ritos católicos orientales casados o bien aquellos sacerdotes anglicanos incorporados a la Iglesia romana.

En la tradición católica romana se distinguían diferentes “órdenes” o ministerios específicos, que se clasificaban en mayores y menores. Así, recibían las órdenes menores el ostiario, el lector, el exorcista, el acólito y el subdiácono; y las órdenes mayores, el diácono, el presbítero y el obispo. El Concilio Vaticano Segundo eliminó las órdenes menores y las convirtió en simples ministerios. En la actualidad solo quedan como individuos consagrados específicamente los diáconos, los presbíteros y los obispos.

Según esa tradición, los individuos consagrados se comprometen a permanecer célibes: es decir, a no contraer matrimonio. Hay que aclarar que el celibato simplemente es la condición en que la persona consagrada no se casa con otra persona. Su actividad sexual personal es otra cosa. El celibato es una condición formal, que se impuso a los clérigos en la tradición romana por razones económicas, sociales y políticas muy específicas y no por razones doctrinales.

Fue el Segundo Concilio de Letrán (1139) quien impuso el celibato obligatorio a quienes querían recibir las órdenes mayores de la Iglesia. Hasta ese concilio, el celibato sacerdotal era opcional, aunque desde el siglo IV había existido una preferencia institucional porque los hombres ordenados se mantuvieran alejados del matrimonio. Esta predilección se atribuía tanto a la creencia de que Jesús había sido célibe, como a la recomendación de Pablo en contra del matrimonio.

Sin embargo, las verdaderas razones de la imposición autoritaria del celibato sacerdotal y episcopal en el siglo XII fueron varias: primero, impedir que los dirigentes eclesiásticos heredaran a sus hijos y nietos los bienes que la Iglesia corporativa recibía como donaciones de sus fieles. En este sentido, el celibato fue una decisión legal y administrativa para impedir la privatización de los bienes y recursos de la institución eclesial. La prohibición absoluta a diáconos, sacerdotes y obispos de casarse les impedía tener descendencia legítima y por lo tanto heredar los bienes de la Iglesia que estaban a su cuidado temporal.

En segundo lugar, los padres conciliares del Segundo Concilio de Letrán tenían clara conciencia de que la dirigencia eclesial tendía a convertirse con el tiempo en una casta hereditaria. Es fascinante observar cómo, ya desde entonces, se reconocía lo que en el siglo XX se ha llamado la “ley de hierro de la oligarquía”, formulada por el sociólogo alemán Robert Michels.

La tendencia a la privatización oligárquica en una institución como la Iglesia católica representaba un grave peligro para su supervivencia. Con la imposición del celibato obligatorio en el siglo XII, sin duda se intentó frenar este peligro, que ya entonces se había manifestado con brutal claridad en la época de Marozia –hija, amante, madre, abuela y bisabuela de papas– y la apropiación de la institución papal por la familia de los condes del Túsculo, en los siglos noveno, décimo y undécimo.

Así, la decisión de revertir la obligatoriedad del celibato eclesial no es una cuestión puramente doctrinal, sino que tiene implicaciones económicas, sociales y políticas de gran importancia, que el papa Francisco deberá meditar con mucho cuidado. Toda decisión tiene consecuencias no previstas.

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