Martes 25 DE Junio DE 2019
Opinión

Transformamos el paradigma del desarrollo o nos refugiamos en el Edén

Fecha de publicación: 07-03-17
Por: Jose Rubén Zamora

 A la luz de la conflictividad social, política y jurídica originada por la manera cómo se ha procedido en torno a las grandes inversiones en hidroeléctricas, me he retrotraído en el tiempo y recordado una escena y un diálogo surrealista que tuvo lugar en las oficinas del diario, como resultado de un trabajo periodístico que realizamos y que mostraba una especie de manual detallado de estrategias y tácticas de resistencia y rechazo popular, que utilizaba el Colectivo Madre Selva para instruir a las comunidades asentadas en las áreas de influencia de los proyectos hidráulicos para detenerlos y revertirlos.

En las postrimerías de 2007 me visitó José Cruz en representación de ese Colectivo. Mi tocayo llegó entre indignado y molesto por la publicación en elPeriódico del material de adoctrinamiento que utiliza su colectivo para organizar la oposición en contra de la minería y las hidroeléctricas, entre otras inversiones privadas y públicas en el país.

José Cruz me dijo –no obstante, tengo la convicción de que no es así– que atentamos contra el derecho a la libre emisión del pensamiento del Colectivo Madre Selva y criminalizamos su modus operandi y que, por eso, nos llevaría a las más altas cortes locales e internacionales.

Lo que hicimos en elPeriódico en esos días fue reproducir elementos clave de su instructivo y expresar que su filosofía era radical y su estrategia semejante a la de los movimientos de izquierda marxista del siglo pasado, basada en la “guerra popular prolongada”. Manifesté a José Cruz mi enorme preocupación por la oposición dogmática e inapelable de Madre Selva a los proyectos hidroeléctricos. Aún más, cuando para todas las economías –incluyendo Guatemala– es esencial disponer del suministro creciente de energía para impulsar el crecimiento. Es indiscutible, y científicamente está probado, que el suministro de energía es la variable independiente que explica la expansión económica. Es cierto, crecimiento económico no es sinónimo de desarrollo ni de progreso social; sin embargo, es parte fundamental de la ecuación.

Coincidimos en que la energía, en términos generales, solo puede tener origen en los bosques, el petróleo, las hidros, la geotermia, la nuclear, los biocombustibles y algunos desechos sólidos, como las llantas, el cascabillo de café y del arroz.

La tala de bosques daña el medio ambiente y no es sostenible. El petróleo contamina, además tiene un impacto negativo en la balanza de pagos y en la posición de las reservas internacionales del país, aunque hasta finales del siglo XXI seguirá siendo una de las fuentes más importantes de energía a nivel global.

La energía nuclear requiere de voluminosas inversiones y tecnología de punta y, hasta ahora, un oneroso costo para el manejo de desechos, absolutamente fuera de nuestro alcance. Los biocombustibles, desde la óptica de los ambientalistas, encarecen ostensiblemente los alimentos de la gente. Los desechos sólidos tienen restricciones de escala y algunos son altamente contaminantes.

Quedan, entonces, las hidros entre  las pocas fuentes de energía limpia y barata que deberían impulsarse con celeridad. Costa Rica ha logrado sin mayores problemas ni aspavientos, y sin conflictividad social, responder a su creciente demanda de energía para soportar su indispensable crecimiento económico, con inversiones cuantiosas en energía hidráulica. Gracias a Dios, es más que promisorio el potencial hidroeléctrico de Guatemala.

Luego de la discusión, mi amigo José Cruz cuestionó el sentido del crecimiento económico, basado en el patrón de las exclusiones: riqueza para unos pocos y marginación y pobreza para las grandes mayorías. Volví al punto de no rechazar per se los proyectos hidroeléctricos, cuando no hay dos iguales. Madre Selva podría contribuir ofreciendo criterios sobre los proyectos hidrodeseables para el desarrollo sustentable.

José Cruz me respondió con un testimonio. Hacía poco, había visitado una aldea aislada en la Zona Reina, sin suministro de luz ni de agua, situada al margen de un río donde todos los niños y niñas vivían felices y estaban gordos. Su convicción era que esos güiros y güiras preferían seguir así, al margen del desarrollo, como nosotros lo conocemos, sin acceso a comunicaciones, computadoras, celulares, nutrición, luz, infraestructura de salud, educación y de soporte a la producción y seguramente ignorando, deliberadamente, que ciertamente, la gordura de los niños y niñas, obedecía a que estaban cundidos de parásitos; mientras, por supuesto, sus descendientes han gozado de la opción de una vida urbana, con acceso a los avances de vértigo en los campos de la educación, el conocimiento y la tecnología.

Por cierto, nadie puede perder de vista, que los proyectos e inversiones en hidroeléctricas, con las correspondientes asignaciones de las autoridades de gobierno de cuencas de ríos, caídas de aguas con caudales significativos de agua y contratos estatales que garanticen la compra de la producción de energía hidráulica en horizontes de largo aliento, también representan de manera inequívoca, la oportunidad para difundir y popularizar la riqueza en manos de campesinos sin tierra, grupos marginados de población que viven en la intolerable marginalidad, y estratos sociales pobres y medios urbanos caracterizados por magros e inciertos ingresos. Organizados en entidades jurídicas tales como las cooperativas o en sociedades anónimas, estos grandes grupos de población que carecen de oportunidades para ascender socialmente, estarían en posición de conseguir socios internacionales que aporten tecnología de punta y gerencia de calidad mundial y sus dividendos podrían ir a fideicomisos destinados a la educación y la salud de ellos y sus familias y una proporción en efectivo para poder gozar de una vida digna.

Regresando a la aldea aislada de la Zona Reina, quedé abrumado ante la utopía del retorno al Edén, ya conocida e inaplicable, como política sostenible, en un país que en 2050 tendrá 32 millones de habitantes.

Creo firmemente en la necesidad de transformar el paradigma del desarrollo (no es solo “crecer y multiplicaos…” o “somete la naturaleza en beneficio de los tuyos”), y pienso que estamos a tiempo de mover los ejes del crecimiento, a pesar de las enormes resistencias de los grupos radicales y extremistas de la izquierda anarquista y de la derecha fascista y de las corporaciones globales.

Las nuevas generaciones son más sensibles ante las amenazas  ambientales, crecen sobre una cultura de respeto del ambiente. Es vital que esta cultura sea equilibrada, informada e incluyente. Debemos desactivar la polarización en torno a recursos naturales, vitales para el crecimiento, el desarrollo, el progreso y la convivencia civilizada.

La polarización es pariente muy cercana de los dogmatismos y sirvienta de la intolerancia. Como dijo el papa Francisco: las ideologías hablan por el pueblo, pero no con el pueblo, por eso resultaron, durante el siglo pasado, en grandes dictaduras e intolerancias sangrientas. Demasiado hemos sufrido los guatemaltecos por esas calenturas infantiles de los extremismos, para que volvamos a caer en las mismas. Parece que 40 años de guerra implacable no fueron suficientes y las extremas andan buscando excusas para volver a los sopapos.

Para empezar, las empresas deberían de dejar de contratar a los viejos agentes del conflicto como sus agentes de seguridad (exmilitares), y las comunidades deben librarse de los otros agentes del conflicto (exguerrilleros), que los condicionan, no por su pasado, sino por sus métodos autoritarios y arraigos ideológicos tan dañinos. La comunidad internacional tiene que apoyar a distintos agentes democráticos en las comunidades, para no repetir el viejo conflicto ideológico en este nuevo escenario. Y a partir de ese gesto de confianza mutua, se puede discutir sobre la distribución de costos y beneficios de la explotación de recursos naturales que pertenecen a la nación, por tanto, todos deben salir beneficiados: empresarios, comunidades y Estado.

Jamás deberíamos chocar contra el ambiente ni por el ambiente, ni utilizarlo como camino para reencontrar utopías perdidas, menos aún, considerar que la opción a la lucha por el desarrollo sostenible y equitativo, pasa infantilmente por sentenciar a las grandes mayorías excluidas, a refugiarse en un supuesto e idílico paraíso perdido, aislado y eterno.