Miércoles 23 DE Octubre DE 2019
Opinión

Reformismo bonsái

Bonito, pero inútil

 

Fecha de publicación: 06-03-17
Por: Édgar Gutiérrez

Con Trump en la Casa Blanca y el ascenso de las fuerzas xenófobas en Europa, esta es una época de señales contradictorias. Si ahora nos hubiesen preguntado si queremos subirnos a la rueda de la modernidad –construir el Estado de derecho para remover el régimen patrimonialista–, con toda seguridad que no lo hacemos (digo, las elites no lo hacen). O hubiéramos dicho que “sí, pero no”, pues la esencia de la cultura del poder oligárquico es proclamar como bueno todo lo que controlan (aunque sea un desastre) y denunciar lo que se les sale de las manos, bajo cualquier calificativo, “comunista”, “populista” etcétera. Ninguna importancia tiene si las calificaciones corresponden o no a la realidad.

Nos encanta reclamar ley y orden, pero cuando las normas entran en vigor sin mirar a quién, ya no nos gusta. Está bien luchar contra la corrupción, pero no la nuestra. Y solemos hacer justamente lo que ahora estamos haciendo: denigrar fiscales, jueces y magistrados, socavarles su moral a través de extensas campañas de desinformación, empleando incluso sumas millonarias, y conspirar para traerlos abajo, sin importar los costos para el sistema.

Pero ya estamos arriba y, a pesar de los jaloneos, querámoslo o no, a rempujones y chicotazos, nuestro destino será ese estadio de “modernidad”, léase, Estado de derecho y remoción del régimen patrimonialista. Puede que nos lleve una década alcanzarlo. Si la hacemos cansada, será en dos décadas, con pasajes amargos como conflictos exacerbados, persecución y asesinatos políticos, desestabilizaciones, incluso breves zonas de oscurantismo.

No todo está en manos de los restauradores del viejo orden, por fortuna. La Casa Blanca, el Departamento de Estado, las Naciones Unidas y los gobiernos europeos, a pesar de las nubes grises que los cubren, entienden a la perfección de qué se trata este desafío en Guatemala (y el norte de Centroamérica) y los momentos críticos que nos vienen. Hay una tarea central que corresponde a los sujetos reformistas locales, que por ahora se mueven entre la euforia del activismo y el pesimismo de mediano plazo. Básicamente estamos atacados por el síndrome de la “olla del cangrejo”, y es porque no hay visión estratégica.

Los reformistas no hemos sido capaces de constituir la institucionalidad que discipline y someta los egos al proyecto de instauración de la legalidad. Sin esa institucionalidad política, seguirán prevaleciendo la visión de corto plazo, la mera supervivencia a costa de la descalificación del propio bando, la desconfianza, el interés individual y la rigidez de pensamiento que conducen finalmente a la fragmentación. Es la incapacidad política para dilatar la coyuntura, pues cada sector quiere que se atienda su asunto de inmediato y a su gusto, sin importar que la agenda se recarga tanto que se hace inviable. Esto es un reformismo bonsái, bonito pero inútil.