Jueves 12 DE Diciembre DE 2019
Opinión

¿Qué nos hace humanos?

Para la visión fascista del mundo, los derechos humanos son un peligro.

Fecha de publicación: 01-03-17
Por: Carol Zardetto

Cuando hablamos de derechos humanos estamos reconociendo que la existencia humana merece protección. ¿Y a quién va dirigida la obligación de esta protección? La única respuesta que tiene relevancia es la siguiente: nos corresponde a cada uno de nosotros.

Proteger la existencia humana no puede circunscribirse a la protección de la vida, también implica proteger la libertad, la dignidad, la ausencia de discriminación, el deseo del otro. Y cada una de estas cosas implica una multiplicidad de matices, porque ¿cómo puede existir libertad sin educación? O, ¿cómo puede existir dignidad sin condiciones económicas adecuadas? O, ¿cómo puede hablarse de igualdad ante la ley con una cultura que desprecia la diferencia racial? ¿O la libertad sobre el propio cuerpo?

Hablar de derechos humanos debería implicar no solamente una escueta adjudicación de derechos, formal, raquítica y sin peso. Debería implicar una evolución integral de la cultura, porque no puede hablarse de derechos humanos sin construir un buen vivir generalizado. Solamente eso, el buen vivir para todos, nos hará dignos como especie. El proceso inicia con la protección de los más vulnerables y la reparación de las injusticias ancestrales. Tiene que ver con la paz social, con una decidida acción en contra de la desigualdad económica, con la capacidad de debatir y resolver los conflictos con ecuanimidad y en beneficio colectivo, con el respeto a la naturaleza y concebir nuevas maneras de existir sobre este planeta que nos enorgullezcan.

En cuanto a la mujer y las niñas que hoy padecen una renovada violencia, es hora de que los hombres deconstruyan la masculinidad depredadora. Es hora que reconozcan que esta manera de concebirse es fruto de una falsa hombría fundada en el abuso de poder. Es hora de que los hombres tomen la iniciativa. Deben cambiar lo que sea necesario cambiar, para iniciar una era de encuentro con el otro femenino.

Someter, subyugar, violentar, son formas de la debilidad y no de la fortaleza. El mayor signo de poder debe hallarse en un liderazgo capaz de construir valores de empatía y solidaridad que den sentido a palabras deformadas como “hombría” o “derecho humano”. Si algo marca el tiempo que vivimos es un cambio radical en la cultura. Y es allí donde debemos sembrar: generando nuevas maneras de imaginar lo que significa la existencia humana y su protección frente a las poderosas amenazas que nos
acechan.

Escribo esta columna en estos días cuando parecen caldearse los ánimos. Frentes duros como la oposición a la diversidad humana, o el conservador muro que se quiere imponer a los migrantes, o la destrucción de los avances del feminismo son solamente puntas de lanza de un pensamiento hegemónico cuyos riesgos sobre la paz social son incalculables.